La guerra por el petróleo
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François Lafargue
François Lafargue es Doctor en Geopolítica, así como en Ciencias Políticas. Es profesor de Geopolítica en la Escuela Superior de Gestión y enseña igualmente en la Escuela Central de París. Acaba de publicar, Demain, la Guerre du feu, Etats-Unis et Chine, à la conquête de l’énergie, Ellipses, 2006.


China y la India son responsables, en gran parte, de la explosión del precio del petróleo. Su fulgurante crecimiento económico aumenta de forma considerable su consumo de hidrocarburos. Los dos países se encuentran en todos los frentes de las nuevas guerras por el oro negro. Análisis.

Estos tres últimos años se han visto marcados por un aumento regular del precio de las materias primas, en particular el de los hidrocarburos. El barril de Brent? ha incrementado su valor en un 40% entre septiembre de 2004 y septiembre de 2006, cuando llegó a 65 dólares. Son varios los factores que mantienen la tensión en los precios: la situación caótica en Oriente Medio, la inestabilidad política en Venezuela y en Nigeria, inversiones insuficientes en la capacidad de refinado o incluso previsiones especulativas. Pero esta crisis petrolífera latente se explica ante todo por el desarrollo económico de China y la India, responsables de más de un tercio del aumento del consumo mundial desde el año 2000. En la actualidad, China y la India, respectivamente segundo y sexto consumidor mundial de petróleo, se encuentran en una situación preocupante, porque su dependencia frente a las importaciones no hace más que empeorar. China importa petróleo desde 1993 y el porcentaje de adquisición en el extranjero ha pasado del 30% de su consumo total en 2000 al 50% actual. La situación de la India es igual de inquietante. Pese a que el país sigue siendo muy pobre (su parque automovilístico no representa más de un tercio del de China), el 70% del petróleo que consume proviene de fuera. En el ranking de importadores mundiales de petróleo, China ocupa el tercer puesto detrás de Estados Unidos y Japón, y la India ya ha alcanzado el noveno. Esta sed de oro negro, junto con la guerra en Irak y la inestabilidad en Arabia Saudí, han movido a Pekín y a Nueva Delhi a iniciar una estrategia de diversificación y dirigirse a Asia Central, África y Latinoamérica para aprovisionarse de petróleo.

Asia Central como objetivo
Desde principios de los años 90, los recursos de hidrocarburos de las repúblicas de Asia Central de la ex Unión Soviética han despertado el interés de las grandes potencias. China ha establecido una relación especialmente estrecha con Kazajstán. En menos de diez años, las empresas petrolíferas chinas han logrado resultados significativos. En junio de 1997, la China National Petroleum Company (CNPC1) se ha hecho con los derechos de explotación de varios campos petrolíferos en Aktyubinsk (al noroeste de Kazajstán). Más recientemente, en diciembre de 2005, se puso en funcionamiento el último tramo de un inmenso oleoducto de más de 3.000km de largo que lleva el petróleo del Mar Caspio de Atyrau a Alashankou, en la provincia de Xinjiang.
Las relaciones petrolíferas con Rusia se han visto marcadas por numerosas vicisitudes. A priori, la proximidad geográfica de Rusia – segundo exportador mundial de petróleo – y de China debería favorecer el entendimiento. Sin embargo, Moscú no disimula su reticencia a convertirse en socio petrolífero de su inmenso vecino. Y los contratos firmados con ocasión de la visita de Vladimir Putin a Pekín, en marzo de 2006, se quedan por debajo de las expectativas chinas. Rusia teme el poder de China en el futuro y ve a Japón como un cliente más fiable. Estas consideraciones explican los múltiples cambios de Moscú en el proyecto de la construcción de un oleoducto de 2.400km que unirá Angarsk (en Siberia) con Daqing, en China. Por otra parte, la presencia de la India en esta región de Asia Central sigue siendo limitada. La situación conflictiva con Pakistán impone a Nueva Delhi una cierta prudencia en su cooperación con países musulmanes, aliados objetivo de Islamabad. Los proyectos para el transporte de hidrocarburos desde Turkmenistán hacia la India han quedado suspendidos a la espera de una mejora de la situación política en Afganistán, vía de paso obligatoria.

Intereses en África
Progresivamente, Pekín y Nueva Delhi han empezado a dirigir su mirada a África y a Latinoamérica. El continente negro, que posee un 9,4% de las reservas mundiales de petróleo, es decir un potencial comparable al de Irak, suministra hoy en día un 11,4% de la producción de petróleo2. A finales de los años noventa, China y la India han comenzado a realizar inversiones petrolíferas en Estados al margen de la comunidad internacional como Sudán, Libia y Angola. En Sudán, CNPC se ha asociado con la empresa india ONGC (Oil and Natural Gas Corporation) en el marco de un consorcio, la Greater Nile Petroleum Operation Company (GNOPC), con el fin de explotar los yacimientos de hidrocarburos en El Muglad, en el Sur del país. Estas inversiones han permitido a Sudán duplicar su producción desde hace cinco años.
El siguiente paso de las empresas chinas e indias ha sido realizar exploraciones geológicas en zonas menos codiciadas. Aunque, por el momento, los resultados son modestos, tanto Pekín como Nueva Delhi no descuidan a ningún proveedor potencial. SINOPEC ha realizado prospecciones en Níger, Mauritania, así como en Malí, donde se han identificado algunos yacimientos sin explotar que se convierten en rentables con la apreciación del precio del petróleo. Por su parte, la India aumenta las prospecciones, especialmente en los países de África Oriental y Central a los que la unen unas estrechas relaciones económicas, gracias a la presencia de fuertes minorías indias. En marzo de 2006, ONGC obtuvo el derecho de realizar exploraciones geológicas en la zona económica exclusiva de Isla Mauricio. Recientemente, empresas indias han invertido en Costa de Marfil, Gabón, Guinea Bissau y Ghana. En la actualidad, el continente negro (principalmente Angola y Sudán) proporciona un 30% de las importaciones petrolíferas de China y un 20% de las de la India.

Alianza con Hugo Chávez
Con un 9,7% de las reservas mundiales de petróleo, Latinoamérica es igualmente objeto de deseo para Pekín y Nueva Delhi. Por el momento, la presencia de China en el sector de los hidrocarburos es limitada. Aunque China es el tercer comprador de petróleo en Latinoamérica, se sitúa aún muy lejos de Estados Unidos3. Pekín ha establecido una relación estrecha con Venezuela, un actor petrolífero de primer orden que cuenta con un 6,6% de las reservas mundiales de petróleo (sexto en el ranking mundial).
En diciembre de 2004, y posteriormente en agosto de 2006, el presidente Chávez, en visita oficial a Pekín, firmó varios acuerdos de cooperación económica y comercial con Hu Jintao. El volumen de las exportaciones de petróleo de Venezuela a China no deja de aumentar. En el segundo semestre de 2006, Caracas proporcionó alrededor de un 5% de las importaciones petrolíferas de Pekín. Aunque Venezuela se conforma como la piedra angular de la estrategia petrolífera de China, no por ello se descuida a otros productores más modestos, como Ecuador o Perú. La presencia de la India en Latinoamérica es más comedida, aunque se aprecia una clara progresión de los flujos comerciales. ONGC ha concentrado sus esfuerzos principalmente en Venezuela y Cuba. La visita del presidente Hugo Chávez a Nueva Delhi en marzo de 2005 permitió la firma de varios contratos. En septiembre de 2005, ONGC se asoció con la empresa española Repsol YPF y con la noruega Norsk Hydro para la explotación de los yacimientos offshore de Cuba.

Petróleo a cambio de apoyo diplomático
China y la India cuentan con una verdadera estrategia petrolífera. En África, a cambio de contratos petrolíferos de larga duración, Pekín ofrece la construcción de infraestructuras de carreteras, así como ferroviarias o hidráulicas a tarifas preferenciales. En Angola, China va a construir varios millares de viviendas en Luanda y va a renovar la línea ferroviaria CFB (Chemin de Fer de Benguela) que une Benguela y Luau, en la frontera de la República Democrática del Congo.

Pekín quiere igualmente ofrecer a sus proveedores de hidrocarburos un valioso apoyo diplomático. Las relaciones entre China y Sudán son un ejemplo claro. En los dos últimos años, Pekín ha amenazado en varias ocasiones con emplear su derecho a veto en el Consejo de Seguridad de la ONU para oponerse a la adopción de sanciones políticas y “petrolíferas” contra Sudán a raíz del conflicto en Darfur. Dichas amenazas han obligado al Consejo de Seguridad a moderar el texto de las resoluciones propuestas. Numerosas capitales africanas ven en China a un protector menos exigente que Occidente, puesto que Pekín se guarda bien de cuestionar la naturaleza de sus regímenes políticos.
Por su parte, la India no dispone de los medios financieros y diplomáticos de China e intenta promover una auténtica colaboración mutua con los países africanos y latinoamericanos. Mientras que Nueva Delhi fomenta el traspaso de tecnologías, frecuentemente se percibe a China como un predador que solo está interesando en extraer materias primas. Las empresas farmacéuticas indias como Ranbaxy son las proveedoras principales de moléculas genéricas a África, un mercado abandonado por los laboratorios occidentales por ser poco rentable. El grupo Tata, por su parte, cuenta con filiales en toda la región, entre otras una planta de montaje de vehículos en Zambia.
Esta conquista de la energía tiene igualmente implicaciones militares y diplomáticas. Con Angola, Venezuela o Cuba, sus principales proveedores de hidrocarburos, Pekín establece también relaciones militares, que se traducen en la entrega de material, y que probablemente se van a reforzar aún más. Hugo Chávez se beneficia del apoyo de China para su candidatura a miembro no permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. La influencia de China en Latinoamérica ha sido identificada como una auténtica amenaza para Washington4. La presencia de China sirve de contrapeso a la influencia de Estados Unidos y favorece los deseos vagos de emancipación y de desafío frente a Washington, como se pudo ver en la Cumbre de Mar del Plata en noviembre de 2005 en Argentina, donde se rechazó el proyecto de Zona de Libre Comercio de las Américas propuesto por George Bush. Esta rivalidad petrolífera consolida igualmente los regímenes autocráticos como el de Idriss Deby en Chad, que, a través de las relaciones diplomáticas con la RPC, el pasado mes de agosto, ha recibido un nuevo impulso. Estados Unidos, igualmente deseoso de reducir su dependencia frente a Oriente Medio, ha empezado a sentirse agraviado por esta diplomacia petrolífera de Pekín y Nueva Delhi. Según el informe Cheney5, Washington desea que su porcentaje de importaciones del Golfo de Guinea pase de un 15% a un 25% de aquí a 2015. Una ambición que podría verse contrariada.
África, Latinoamérica y Asia Central son escenario de una auténtica guerra de influencia entre Estados Unidos, la India y China, que serán, probablemente, las tres potencias económicas principales de mediados del siglo XXI. Esta competición energética conlleva repercusiones mayores. Lejos de favorecer el desarrollo, la economía petrolífera nutre con frecuencia la corrupción, reaviva los conflictos fronterizos en las zonas petrolíferas y agrava la dependencia frente a las materias primas6. Poco deseosa de participar en esta confrontación, la Unión Europea prefiere establecer una cooperación energética con Rusia, que ya le proporciona un tercio de sus importaciones petrolíferas.

Nota
Nombre de un yacimiento petrolífero descubierto en 1971 en el Mar del Norte, el Brent sirve como petróleo de referencia a nivel mundial. Su precio determina el del 60% de las extracciones de petróleo de todo el mundo.