Estados Unidos
El desafío de un mundo multipolar

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Sherle R. Schwenninger
Sherle R. Schwenninger es Senior Fellow del World Policy Institute (New School University, Nueva York) y director del Programa sobre política económica global en la New America Foundation. Asimismo es el fundador del World Policy Journal, publicación trimestral de la que fue redactor jefe de 1983 a 1991. Igualmente ostentó el puesto de director del World Policy Institute y de sus programas europeos de 1992 a 1996. Más recientemente ha coordinado el Proyecto para el Desarrollo, el Comercio y las Finanzas Internacionales en el seno del Consejo de Asuntos Exteriores y es co-autor, junto con Walter Russel Mead, del ensayo A Financial Architecture for Middle Class-Oriented Development. Sus artículos sobre la política exterior de Estados Unidos han aparecido en numerosas publicaciones, entre otros en The Nation, The Atlantic Monthly, The Globalist y el World Policy Journal.


Estados Unidos sigue aferrado a una concepción americanocéntrica del mundo, aunque, hasta el momento, se han acomodado bastante bien al aumento de poder de los países emergentes. Análisis.

El despegue de países como China, la India y Brasil (sin olvidar Rusia) plantea la siguiente pregunta: Estados Unidos, actual potencia mundial dominante, ¿será capaz de dejar que se expresen los intereses de estas grandes naciones emergentes? O por el contrario, ¿el futuro se verá más bien marcado por conflictos, o incluso guerras, entre las grandes potencias?
Hasta ahora, Washington parece haber aceptado bastante bien el ascenso de China y de la India. Las razones son varias. La primera está relacionada con el 11 de septiembre y con la preocupación principal que atormenta a Estados Unidos: la guerra contra el terrorismo y el extremismo islámico. Antes del 11 de septiembre, la derecha estadounidense estaba dividida entre los que consideraban que el extremismo islámico representaba la amenaza más seria para los intereses de Estados Unidos y los que consideraban que China constituía el peligro principal. Los demócratas, por su parte, se encontraban igualmente divididos entre los neoliberales deseosos de establecer un “concierto de democracias”, que hubiera excluido a China y a Rusia, y los internacionalistas, más tradicionales, favorables a las relaciones políticas y económicas con Pekín.
El atentado del 11 de septiembre hizo que la balanza de la política exterior estadounidense se inclinara a favor de Oriente Medio. En la actualidad, la desafortunada cruzada de la administración Bush, para cambiar la faz de esta región derrocando a Saddam Hussein, absorbe gran parte de su política exterior y una proporción considerable de su fuerza militar.
El compromiso económico y político con China y con otras potencias emergentes se ha convertido desde entonces en la opción “por defecto” de la administración Bush y de los demócratas tradicionales. La atención obsesiva que Washington presta a Irak y a Irán le ha otorgado a China una libertad de movimiento que le ha permitido realizar su propia misión diplomática en Asia oriental. Además, esta obsesión no le ha dejado más opción que la de asumir una orientación más multilateral para tratar el problema de Corea del Norte y, en cierta medida, el de Irán. Debido a la influencia que ejerce China sobre Pyongyang, la Casa Blanca se ha dirigido a Pekín para que guíe las “conversaciones a seis” sobre Corea del Norte, aunque se haya negado a hacer las concesiones necesarias para que las negociaciones lleguen a buen puerto.
Además, al centrarse Washington en Irak, su política económica internacional se ha vuelto menos activista en comparación con la época de Clinton en los años noventa. Este enfoque ha proporcionado un margen de maniobra mucho más amplio a las naciones emergentes, China, la India o Brasil, que han podido desviarse del neoliberalismo prescrito por Estados Unidos, sin entrar en conflicto con la primera potencia mundial.

Intereses económicos
La segunda razón de la actitud conciliadora de Washington, sobre todo hacia China, es económica. La estrategia de “participación”, cuyo objetivo es integrar a China en la comunidad de las naciones, en vez de intentar contenerla y aislarla, ha funcionado, pero no como pronosticaban los propulsores de este enfoque. El crecimiento de las inversiones y del comercio no ha tenido como consecuencia una China más democrática como preveían los partidarios del acercamiento (aunque se pueden percibir ciertos signos modestos de liberalización política). Sin embargo, los intereses económicos de Estados Unidos se han visto inexorablemente unidos a China, hasta el punto de imponer restricciones importantes a la política estadounidense. El excedente comercial de China frente a Estados Unidos no refleja meramente el mercantilismo chino, sino también la decisión de un buen número de empresas estadounidenses de entre las más prósperas de deslocalizar su producción – y cada vez más sus departamentos de investigación y desarrollo – a China, con el fin de aprovechar los bajos sueldos y una legislación favorable.
El éxito económico de China y las buenas relaciones entre ambos países revisten en la actualidad tal importancia para las empresas y los inversores estadounidenses que se han convertido en un poderoso lobby en pos de la cooperación entre los dos países. Hasta el momento, las relaciones económicas con Pekín han contenido gran parte de los impulsos geopolíticos más agresivos hacia China presentes en Estados Unidos. Un proceso similar está en curso en lo referente a la India y a Brasil, aunque realmente nunca se ha considerado a ninguno de los dos países como un posible competidor de la misma categoría.
Estas crecientes relaciones económicas han supuesto una codependencia entre China y Estados Unidos que limita la libertad de acción de ambos países. La estrategia de desarrollo económico de China, así como su estabilidad social, está estrechamente ligada a las inversiones extranjeras norteamericanas y al acceso a los consumidores estadounidenses. Por su parte, Estados Unidos depende hoy en día de China para acceder a productos manufacturados baratos, así como del ahorro chino para financiar la compra de dichos productos. Esta codependencia ha resultado razonablemente beneficiosa hasta ahora para la élite política y económica de las dos naciones, pero el balance resulta menos positivo para la gran mayoría de sus habitantes.

Un sistema americanocéntrico
La realidad es que China, la India y Brasil siguen políticas que, en general, contribuyen favorablemente al sistema internacional “americanocéntrico”. Pekín ha apoyado la posición de Washington frente a Corea del Norte, ha evitado todo conflicto con la Casa Blanca en lo que respecta a Irán y a Irak, así como ayudado gustosamente a financiar la posición internacional de Estados Unidos. Si China ha logrado consolidar su influencia en Asia oriental, no ha sido por proyectar su fuerza militar, sino más bien a través de la diplomacia y haciendo hincapié en el comercio y las inversiones.
Sin embargo, el desinterés de China hacia los derechos humanos en sus relaciones con países ricos en recursos, sus esfuerzos por asegurar reservas energéticas a largo plazo y su creciente excedente comercial con Estados Unidos pueden llegar a preocupar a ciertos responsables políticos y líderes de opinión norteamericanos. Aún así, esta política no supone un cuestionamiento importante del liderazgo estadounidense. Igualmente, Brasil y la India han adoptado posturas que no representan una amenaza importante para Washington. Es posible que en un momento determinado los responsables políticos norteamericanos se inquieten por el compromiso de Lula a favor de un sistema comercial latinoamericano basado en el Mercosur. Sin embargo, su adhesión servil al consenso de Washington y su moderación, si lo comparamos con Hugo Chávez, han ayudado a Brasil a aunar más amistades dentro de la élite económica y política de Estados Unidos que durante la época del gobierno centrista de Fernando Cardoso.
En resumen, las potencias emergentes de China, la India y Brasil han permitido a la élite política norteamericana mantener el mito de un mundo unipolar, pese a Irak, e incluso aunque todo parezca apuntar al advenimiento de un sistema multipolar. El único peligro inmediato para el modelo actual sería el éxito electoral del ala neoconservadora de John McCain. Este grupo preconiza a la vez el refuerzo de la intervención militar estadounidense en Oriente Medio y una actitud más dura frente a Rusia y a China, a los que considera antidemocráticos y demasiado conciliadores frente a Irán. Queda por ver si las empresas norteamericanas estarán dispuestas a proporcionar su apoyo a una “extensión excesiva”, tan autodestructiva, de la política exterior de Estados Unidos. Es probable que no. Además, pese a su militarismo, McCain no se inclina por hacer campaña ni gobernar bajo la bandera de un populismo económico que pueda hacer peligrar las inversiones en el extranjero o las preferencias comerciales de las empresas norteamericanas. En consecuencia, corre el riesgo de verse forzado a contener un poco su hostilidad frente a China, en detrimento de las relaciones con Rusia, que se verá más castigada por la política exterior más agresiva de McCain.
Igualmente, pese a una llamada cada vez más insistente por parte de los demócratas populistas a favor de una acción más dura en los intercambios comerciales con China, los principales candidatos demócratas son poco susceptibles a oponerse a la relación apasionada que une al mundo de los negocios estadounidense y a China, la India y Brasil. Aquí también, Rusia, pese a su petróleo, se queda de lado, en parte porque ha optado por una estrategia de desarrollo económico más nacionalista y menos abierta a las inversiones extranjeras. Sea como fuere, el acrónimo BRIC (empleado en Wall Street para hacer referencia a Brasil, Rusia, la India y China), podían verse reducido a BIC (Brasil, la India y China).

Lo que realmente está en juego
Por tanto, el peligro real no reside en una hostilidad más grande entre Estados Unidos y las potencias emergentes de China, la India y Brasil. Se encuentra más bien en los problemas asociados al sistema imperante en la actualidad.
El primero está relacionado con el modelo de integración económico chino, indio y brasileño, modelo operado hasta ahora por las empresas norteamericanas en busca de costes de producción y salariales cada vez más bajos. Con la entrada de China y de la India en la economía global, la mano de obra potencial se ha más que duplicado en el mercado mundial. Tanto los países desarrollados como los países en desarrollo conocen presiones a la baja sobre los salarios, lo que conlleva una erosión de las clases medias en los países más avanzados y la ralentización del crecimiento de estos últimos en el mundo en fase de industrialización.
Debido a su tamaño y a su combinación única de mano de obra barata, cualificada y poco cualificada, tanto en la industria manufacturera como en servicios, las dos potencias asiáticas se han integrado rápidamente en el seno de la economía mundial, lo que ha tenido como efecto añadido la exclusión de otros países en desarrollo, privándoles de oportunidades económicas. El hecho de que China se haya llevado la parte del león en las inversiones directas mundiales sirve para ilustrar perfectamente esta realidad. Este modelo de integración económica es apenas viable, puesto que depende fuertemente del mercado del consumo estadounidense. Además, no resulta saludable, ya que ha producido un modelo de desarrollo socioeconómico que ha llevado a disparidades crecientes en riqueza e ingresos, tanto en Estados Unidos como en los países emergentes. Esto no puede más que llevar a revueltas populares o a reacciones populistas. El segundo problema reside en la inexistencia de instituciones multilaterales y regionales capaces de administrar de forma eficaz la seguridad internacional y la economía global en un mundo multipolar. Estados Unidos acepta a las potencias emergentes actuales, pero no la idea de un mundo multipolar. Consecuentemente, se niega a doblegarse ante las restricciones normativas que conlleva un sistema multipolar organizado. Tampoco ofrece el liderazgo necesario para crear nuevas instituciones que pudieran proporcionar un mayor peso a Brasil, China y la India en la gestión de los negocios del planeta. La ausencia de China en el G8 y en la dirección del FMI, los principales órganos de consulta en temas relacionados con la economía mundial, así como el hecho de que Brasil y la India no cuentan con un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU sirven para ilustrar de forma clara la brecha existente entre la realidad del mundo y su estructura institucional.
El desafío que espera a los responsables políticos es por tanto triple: definir de forma más precisa los principios que deberían regir un mundo multipolar estable, eliminar la brecha entre la realidad de las potencias y la estructura institucional y cambiar las condiciones económicas en las que se basa actualmente la integración de potencias emergentes.


No al papel de policía del mundo
La opinión pública estadounidense se manifiesta favorable en su mayoría (52%) a un mundo multipolar o a la preeminencia de las Naciones Unidas (33%), según los resultados de un sondeo del muy prestigioso Chicago Council on Global Affairs, publicado a finales de 2006. Tan solo un 6% de los norteamericanos prefieren un mundo dominado por una única potencia. Estas cifras confirman los datos publicados en otra encuesta realizada por el mismo instituto en el año 2004 que resaltaba la hostilidad masiva de la opinión estadounidense hacia el papel de “policía del mundo” asumido por Washington.
Además, la población norteamericana parece estar bastante serena frente al crecimiento de China. Pese a temer un refuerzo del poder militar y, de forma importante, el peso económico cada vez mayor de China, estima que Estados Unidos debe entablar una “cooperación amistosa” con Pekín, más que intentar minar su desarrollo.