Estados Unidos sigue
aferrado a una concepción americanocéntrica del mundo,
aunque, hasta el momento, se han acomodado bastante bien al aumento
de poder de los países emergentes. Análisis.
El despegue de países
como China, la India y Brasil (sin olvidar Rusia) plantea la siguiente
pregunta: Estados Unidos, actual potencia mundial dominante, ¿será
capaz de dejar que se expresen los intereses de estas grandes naciones
emergentes? O por el contrario, ¿el futuro se verá más
bien marcado por conflictos, o incluso guerras, entre las grandes potencias?
Hasta ahora, Washington parece haber aceptado bastante bien el ascenso
de China y de la India. Las razones son varias. La primera está
relacionada con el 11 de septiembre y con la preocupación principal
que atormenta a Estados Unidos: la guerra contra el terrorismo y el
extremismo islámico. Antes del 11 de septiembre, la derecha estadounidense
estaba dividida entre los que consideraban que el extremismo islámico
representaba la amenaza más seria para los intereses de Estados
Unidos y los que consideraban que China constituía el peligro
principal. Los demócratas, por su parte, se encontraban igualmente
divididos entre los neoliberales deseosos de establecer un “concierto
de democracias”, que hubiera excluido a China y a Rusia, y los
internacionalistas, más tradicionales, favorables a las relaciones
políticas y económicas con Pekín.
El atentado del 11 de septiembre hizo que la balanza de la política
exterior estadounidense se inclinara a favor de Oriente Medio. En la
actualidad, la desafortunada cruzada de la administración Bush,
para cambiar la faz de esta región derrocando a Saddam Hussein,
absorbe gran parte de su política exterior y una proporción
considerable de su fuerza militar.
El compromiso económico y político con China y con otras
potencias emergentes se ha convertido desde entonces en la opción
“por defecto” de la administración Bush y de los
demócratas tradicionales. La atención obsesiva que Washington
presta a Irak y a Irán le ha otorgado a China una libertad de
movimiento que le ha permitido realizar su propia misión diplomática
en Asia oriental. Además, esta obsesión no le ha dejado
más opción que la de asumir una orientación más
multilateral para tratar el problema de Corea del Norte y, en cierta
medida, el de Irán. Debido a la influencia que ejerce China sobre
Pyongyang, la Casa Blanca se ha dirigido a Pekín para que guíe
las “conversaciones a seis” sobre Corea del Norte, aunque
se haya negado a hacer las concesiones necesarias para que las negociaciones
lleguen a buen puerto.
Además, al centrarse Washington en Irak, su política económica
internacional se ha vuelto menos activista en comparación con
la época de Clinton en los años noventa. Este enfoque
ha proporcionado un margen de maniobra mucho más amplio a las
naciones emergentes, China, la India o Brasil, que han podido desviarse
del neoliberalismo prescrito por Estados Unidos, sin entrar en conflicto
con la primera potencia mundial.
Intereses económicos
La segunda razón de la actitud conciliadora de Washington, sobre
todo hacia China, es económica. La estrategia de “participación”,
cuyo objetivo es integrar a China en la comunidad de las naciones, en
vez de intentar contenerla y aislarla, ha funcionado, pero no como pronosticaban
los propulsores de este enfoque. El crecimiento de las inversiones y
del comercio no ha tenido como consecuencia una China más democrática
como preveían los partidarios del acercamiento (aunque se pueden
percibir ciertos signos modestos de liberalización política).
Sin embargo, los intereses económicos de Estados Unidos se han
visto inexorablemente unidos a China, hasta el punto de imponer restricciones
importantes a la política estadounidense. El excedente comercial
de China frente a Estados Unidos no refleja meramente el mercantilismo
chino, sino también la decisión de un buen número
de empresas estadounidenses de entre las más prósperas
de deslocalizar su producción – y cada vez más sus
departamentos de investigación y desarrollo – a China,
con el fin de aprovechar los bajos sueldos y una legislación
favorable.
El éxito económico de China y las buenas relaciones entre
ambos países revisten en la actualidad tal importancia para las
empresas y los inversores estadounidenses que se han convertido en un
poderoso lobby en pos de la cooperación entre los dos países.
Hasta el momento, las relaciones económicas con Pekín
han contenido gran parte de los impulsos geopolíticos más
agresivos hacia China presentes en Estados Unidos. Un proceso similar
está en curso en lo referente a la India y a Brasil, aunque realmente
nunca se ha considerado a ninguno de los dos países como un posible
competidor de la misma categoría.
Estas crecientes relaciones económicas han supuesto una codependencia
entre China y Estados Unidos que limita la libertad de acción
de ambos países. La estrategia de desarrollo económico
de China, así como su estabilidad social, está estrechamente
ligada a las inversiones extranjeras norteamericanas y al acceso a los
consumidores estadounidenses. Por su parte, Estados Unidos depende hoy
en día de China para acceder a productos manufacturados baratos,
así como del ahorro chino para financiar la compra de dichos
productos. Esta codependencia ha resultado razonablemente beneficiosa
hasta ahora para la élite política y económica
de las dos naciones, pero el balance resulta menos positivo para la
gran mayoría de sus habitantes.
Un sistema americanocéntrico
La realidad es que China, la India y Brasil siguen políticas
que, en general, contribuyen favorablemente al sistema internacional
“americanocéntrico”. Pekín ha apoyado la posición
de Washington frente a Corea del Norte, ha evitado todo conflicto con
la Casa Blanca en lo que respecta a Irán y a Irak, así
como ayudado gustosamente a financiar la posición internacional
de Estados Unidos. Si China ha logrado consolidar su influencia en Asia
oriental, no ha sido por proyectar su fuerza militar, sino más
bien a través de la diplomacia y haciendo hincapié en
el comercio y las inversiones.
Sin embargo, el desinterés de China hacia los derechos humanos
en sus relaciones con países ricos en recursos, sus esfuerzos
por asegurar reservas energéticas a largo plazo y su creciente
excedente comercial con Estados Unidos pueden llegar a preocupar a ciertos
responsables políticos y líderes de opinión norteamericanos.
Aún así, esta política no supone un cuestionamiento
importante del liderazgo estadounidense. Igualmente, Brasil y la India
han adoptado posturas que no representan una amenaza importante para
Washington. Es posible que en un momento determinado los responsables
políticos norteamericanos se inquieten por el compromiso de Lula
a favor de un sistema comercial latinoamericano basado en el Mercosur.
Sin embargo, su adhesión servil al consenso de Washington y su
moderación, si lo comparamos con Hugo Chávez, han ayudado
a Brasil a aunar más amistades dentro de la élite económica
y política de Estados Unidos que durante la época del
gobierno centrista de Fernando Cardoso.
En resumen, las potencias emergentes de China, la India y Brasil han
permitido a la élite política norteamericana mantener
el mito de un mundo unipolar, pese a Irak, e incluso aunque todo parezca
apuntar al advenimiento de un sistema multipolar. El único peligro
inmediato para el modelo actual sería el éxito electoral
del ala neoconservadora de John McCain. Este grupo preconiza a la vez
el refuerzo de la intervención militar estadounidense en Oriente
Medio y una actitud más dura frente a Rusia y a China, a los
que considera antidemocráticos y demasiado conciliadores frente
a Irán. Queda por ver si las empresas norteamericanas estarán
dispuestas a proporcionar su apoyo a una “extensión excesiva”,
tan autodestructiva, de la política exterior de Estados Unidos.
Es probable que no. Además, pese a su militarismo, McCain no
se inclina por hacer campaña ni gobernar bajo la bandera de un
populismo económico que pueda hacer peligrar las inversiones
en el extranjero o las preferencias comerciales de las empresas norteamericanas.
En consecuencia, corre el riesgo de verse forzado a contener un poco
su hostilidad frente a China, en detrimento de las relaciones con Rusia,
que se verá más castigada por la política exterior
más agresiva de McCain.
Igualmente, pese a una llamada cada vez más insistente por parte
de los demócratas populistas a favor de una acción más
dura en los intercambios comerciales con China, los principales candidatos
demócratas son poco susceptibles a oponerse a la relación
apasionada que une al mundo de los negocios estadounidense y a China,
la India y Brasil. Aquí también, Rusia, pese a su petróleo,
se queda de lado, en parte porque ha optado por una estrategia de desarrollo
económico más nacionalista y menos abierta a las inversiones
extranjeras. Sea como fuere, el acrónimo BRIC (empleado en Wall
Street para hacer referencia a Brasil, Rusia, la India y China), podían
verse reducido a BIC (Brasil, la India y China).
Lo que realmente
está en juego
Por tanto, el peligro real no reside en una hostilidad más grande
entre Estados Unidos y las potencias emergentes de China, la India y
Brasil. Se encuentra más bien en los problemas asociados al sistema
imperante en la actualidad.
El primero está relacionado con el modelo de integración
económico chino, indio y brasileño, modelo operado hasta
ahora por las empresas norteamericanas en busca de costes de producción
y salariales cada vez más bajos. Con la entrada de China y de
la India en la economía global, la mano de obra potencial se
ha más que duplicado en el mercado mundial. Tanto los países
desarrollados como los países en desarrollo conocen presiones
a la baja sobre los salarios, lo que conlleva una erosión de
las clases medias en los países más avanzados y la ralentización
del crecimiento de estos últimos en el mundo en fase de industrialización.
Debido a su tamaño y a su combinación única de
mano de obra barata, cualificada y poco cualificada, tanto en la industria
manufacturera como en servicios, las dos potencias asiáticas
se han integrado rápidamente en el seno de la economía
mundial, lo que ha tenido como efecto añadido la exclusión
de otros países en desarrollo, privándoles de oportunidades
económicas. El hecho de que China se haya llevado la parte del
león en las inversiones directas mundiales sirve para ilustrar
perfectamente esta realidad. Este modelo de integración económica
es apenas viable, puesto que depende fuertemente del mercado del consumo
estadounidense. Además, no resulta saludable, ya que ha producido
un modelo de desarrollo socioeconómico que ha llevado a disparidades
crecientes en riqueza e ingresos, tanto en Estados Unidos como en los
países emergentes. Esto no puede más que llevar a revueltas
populares o a reacciones populistas. El segundo problema reside en la
inexistencia de instituciones multilaterales y regionales capaces de
administrar de forma eficaz la seguridad internacional y la economía
global en un mundo multipolar. Estados Unidos acepta a las potencias
emergentes actuales, pero no la idea de un mundo multipolar. Consecuentemente,
se niega a doblegarse ante las restricciones normativas que conlleva
un sistema multipolar organizado. Tampoco ofrece el liderazgo necesario
para crear nuevas instituciones que pudieran proporcionar un mayor peso
a Brasil, China y la India en la gestión de los negocios del
planeta. La ausencia de China en el G8 y en la dirección del
FMI, los principales órganos de consulta en temas relacionados
con la economía mundial, así como el hecho de que Brasil
y la India no cuentan con un escaño permanente en el Consejo
de Seguridad de la ONU sirven para ilustrar de forma clara la brecha
existente entre la realidad del mundo y su estructura institucional.
El desafío que espera a los responsables políticos es
por tanto triple: definir de forma más precisa los principios
que deberían regir un mundo multipolar estable, eliminar la brecha
entre la realidad de las potencias y la estructura institucional y cambiar
las condiciones económicas en las que se basa actualmente la
integración de potencias emergentes.
No al papel de policía del mundo
La opinión pública estadounidense se manifiesta favorable
en su mayoría (52%) a un mundo multipolar o a la preeminencia
de las Naciones Unidas (33%), según los resultados de un sondeo
del muy prestigioso Chicago Council on Global Affairs, publicado a finales
de 2006. Tan solo un 6% de los norteamericanos prefieren un mundo dominado
por una única potencia. Estas cifras confirman los datos publicados
en otra encuesta realizada por el mismo instituto en el año 2004
que resaltaba la hostilidad masiva de la opinión estadounidense
hacia el papel de “policía del mundo” asumido por
Washington.
Además, la población norteamericana parece estar bastante
serena frente al crecimiento de China. Pese a temer un refuerzo del
poder militar y, de forma importante, el peso económico cada
vez mayor de China, estima que Estados Unidos debe entablar una “cooperación
amistosa” con Pekín, más que intentar minar su desarrollo.