Brasil: la fuerza tranquila
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Christian Dutilleux
Christian Dutilleux, periodista y autor de documentales, vive desde hace veinte años en Río de Janeiro. Especialista del Brasil contemporáneo, coautor con Lula de la primera biografía del presidente brasileño.


La diplomacia de Lula confirma la pérdida de control de Washington en Sudamérica. Lo que amenaza con suscitar a su vez el miedo a una hegemonía brasileña. Nada que temer, escribe el autor, que confía en un impulso de la integración sudamericana

"¿Por qué los jefes de Estado sudamericanos solo empezamos a reunirnos para hablar de la integración regional dos siglos después de la independencia de nuestros países? Hace apenas diez años, nuestra preocupación principal seguía siendo saber quién de nosotros era el mejor amigo del presidente de Estados Unidos.” Así se expresaba el presidente brasileño Luiz Inacio Lula da Silva en la apertura de la segunda reunión de jefes de Estado de la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSAN), celebrada los días 8 y 9 de diciembre de 2006 en Cochabamba, Bolivia.
Auténtico motor de esta iniciativa de integración, nacida en diciembre de 2004, Lula quiere vencer el inmovilismo regional y las viejas desavenencias territoriales entre países vecinos, estos “problemas del siglo XIX que impiden pensar en el XXI”. Desde su llegada al poder en el año 2003, el presidente brasileño ha multiplicado las iniciativas diplomáticas, especialmente con Sudáfrica, la India, Rusia, China y los países árabes. Al mismo tiempo, Brasil ha firmado numerosos acuerdos, duplicado sus exportaciones en cuatro años y ha ganado un nuevo status internacional. Las tropas brasileñas dirigen las fuerzas de paz en Haití y Brasilia aspira a un escaño permanente en el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas.
El futuro de esta intensa actividad diplomática depende en gran parte de la relación de Brasilia con sus vecinos. Unida, Sudamérica se convertiría en la quinta potencia mundial, capaz, con el tiempo, de desempeñar un papel clave en ciertos mercados mundiales, como el de la energía, gracias al fuerte crecimiento de la producción local principalmente de petróleo, gas y biodiesel. Los líderes regionales ya se imaginan, para el año 2020, un pasaporte y una moneda única, o bien una “ciudadanía sudamericana”.

Discrepancias con la realidad
Un bonito sueño. Lejos de concretizarse. Y es que la región lleva décadas intentando unirse sin gran éxito. Antes de consolidar la Comunidad Sudamericana de Naciones, los Estados miembros deberán incluir en la misma numerosas organizaciones ya existentes como el Pacto Andino, el Tratado de Cooperación Amazónica, Mercosur o el Grupo de Río. Los sudamericanos participan también en las muy pomposas Cumbres de las Américas, con Estados Unidos y Canadá (sin Cuba) o los solemnes encuentros “iberoamericanos” dirigidos por los españoles y los portugueses (esta vez con Cuba). Sin olvidar que los pueblos de la región también tienen el sentimiento de formar parte de una comunidad latina, caribeña y americana, o de vivir en un mundo de habla portuguesa, los brasileños, o hispanohablante, el resto. En resumen, Sudamérica no cuenta aún con una auténtica dimensión política, ni siquiera cultural. Los sudamericanos no se identifican con su subcontinente, aunque la unidad geográfica salta a la vista cuando contemplamos el mapamundi.
Para comprender esta discrepancia entre la realidad geográfica y la identidad cultural, hay que remontarse al siglo XIX. Con la independencia de Brasil y el derrumbe del imperio colonial español, los países de la región se liberan de forma caótica del yugo de las potencias europeas. Hay que esperar al año 1856 para que aparezca por primera vez la idea de una “Latinoamérica”. Curiosamente, el término nace en París de la pluma de un cierto Torres de Caicedo. Este poeta colombiano exiliado, influido por el “panlatinismo”, una idea de moda en París, imagina Latinoamérica como una subdivisión del mundo latino. Esta noción, que prosperó en el mundo hispánico, será ignorada durante mucho tiempo tanto por Brasil – al que le cuesta aún hoy en día considerarse como un país latinoamericano – así como por Estados Unidos. Este último esperará hasta 1920 para reemplazar, en el lenguaje oficial, el término “Spanish America” por “Latin America”. En esta época todavía nadie evoca aún a Sudamérica como entidad política.
De la dominación al abandono
La Declaración de Monroe de 1822 que proclama “América para los americanos” ha servido durante mucho tiempo como justificación para numerosas intervenciones norteamericanas en todo el continente. Con frecuencia, los intereses esenciales de la región han venido definidos por Washington. Hasta el 11 de septiembre de 2001. Tras los atentados, Estados Unidos, obsesionado por la lucha contra los terroristas islámicos y las guerras de Afganistán y posteriormente Irak, abandona una región que habían considerado durante mucho tiempo su “coto privado”. Al mismo tiempo, una nueva generación de presidentes sudamericanos llega al poder en la región, generalmente de izquierdas y deseosos de asertar su autonomía frente a Estados Unidos.
De hecho, la izquierda latinoamericana está pasando discretamente de un antiamericanismo ancestral a una gestión pragmática sin los norteamericanos. El ejemplo más flagrante es sin duda el reembolso, en 2006, de los créditos otorgados por el FMI a Argentina y Brasil. El Fondo, cuyos emisarios todavía desembarcaban recientemente con aires de virreyes prestos a dictar las reglas de la buena gestión, se ha encontrado fuera del juego: no tiene nada que decir a quien no le debe nada. Otro indicio del cambio en la geopolítica regional es que Estados Unidos no ha intervenido en las disputas que han surgido entre países vecinos en los últimos meses (Argentina-Uruguay, Perú-Venezuela, Bolivia-Brasil…). Además, ¡ningún líder político le ha pedido su opinión! Incluso cuando el venezolano Hugo Chávez se lanza en sus diatribas contra el insoportable Bush/Satán, la réplica del gobierno estadounidense no hace temblar ya a nadie.

¿Un imperialismo brasileño? 
Sin la pesada sombra del Tío Sam, la cooperación regional cuenta con nuevas alas. Como reacción, algunos intelectuales latinoamericanos se inquietan ya ante el posible peligro de un “imperialismo brasileño”. Para los países pequeños, el temor hacia el gigante continental – el de mayor población, mayor riqueza y mayor desarrollo (por lo menos en ciertas regiones) – está fundamentado. Pero Brasilia no tiene ni intención ni tradición de aplastar a sus vecinos. Queda demostrado en la tragicomedia de la nacionalización de los hidrocarburos bolivianos.
El pasado primero de mayo, el presidente boliviano Evo Morales decretó la nacionalización del gas, el petróleo, las refinerías y los gasoductos. El ejército boliviano ocupó 56 instalaciones petrolíferas e izó la bandera nacional en las refinerías de la empresa brasileña Petrobrás. En el pasado, un espectáculo semejante hubiera atemorizado a los accionistas de las empresas en cuestión, consternado a la Justicia y, sin lugar a dudas, provocado una reacción virulenta en Washington. A lo largo de la historia latinoamericana, han caído muchos gobiernos y ha corrido mucha sangre por menos que eso. Pero este pulso de fuerza boliviano tomó carices de opereta, por lo que venir con la misma cantinela hubiera resultado algo anticuado. Y es que para que una protesta tal suscite temor hace falta un enemigo de gran tamaño, como en 1932, cuando La Paz nacionalizó los activos de Standard Oil o en 1966, con la confiscación de las propiedades del Golfo. En aquella época, las empresas norteamericanas se habían convertido en auténticos Estados dentro del Estado y la cabeza de puente de Washington. Pero ¿qué decir cuando el principal “invasor” es esta vez una empresa brasileña, pública para más señas, una empresa en la que el patrón viene nombrado por Lula, al que Morales mismo considera su “hermano mayor” y Lula, así como toda la izquierda brasileña, defiende el derecho de Bolivia a disponer de sus recursos naturales?
Después de muchas vueltas, los bolivianos han logrado renegociar los contratos con las empresas petrolíferas garantizando a La Paz el 82% de sus ingresos de explotación frente al 50% anterior. Unas ganancias de 300 millones de dólares al año que van a permitir al Estado boliviano equilibrar sus cuentas. Morales, con toda seguridad, hubiera obtenido los mismos resultados sin dar a los inversores la imagen de gobierno imprevisible.
Y es que ha llegado la hora del pragmatismo, el conjunto de los presidentes sudamericanos da la prioridad a la integración física del subcontinente a través de la realización de 300 grandes proyectos de infraestructuras (carreteras, puentes, puertos, gasoductos, presas…), cuyo coste se estima en 30.000 millones de dólares. Es cierto que esta iniciativa se encuentra aún en fase de declaración de intenciones y que ya hay un número de ONG y de movimientos sociales que se levantan contra esta visión de unión regional que coloca a las grandes obras por delante de las necesidades sociales y culturales. Sin embargo, significa que por fin se ha lanzado el debate sobre el futuro de Sudamérica.

Para más información
DUTILLEUX Christian, Lula, Flammarion, París, 2005, 300 páginas.
PICKARD Jacky (dir.), Le Brésil de Lula. Les défis d’un socialisme démocratique à la périphérie du capitalisme, Karthala, París, 2004.
ROUQUIE Alain, Le Brésil au XXIe siècle. Naissance d’un nouveau grand, Fayard, París, 2006, 409 páginas.
VAN EEUWEN Daniel (dir.), Le Nouveau Brésil de Lula, Editions de l’Aube, La Tour d’Aigues, 2006, 349 páginas.