La diplomacia de
Lula confirma la pérdida de control de Washington en Sudamérica.
Lo que amenaza con suscitar a su vez el miedo a una hegemonía
brasileña. Nada que temer, escribe el autor, que confía
en un impulso de la integración sudamericana
"¿Por qué
los jefes de Estado sudamericanos solo empezamos a reunirnos para hablar
de la integración regional dos siglos después de la independencia
de nuestros países? Hace apenas diez años, nuestra
preocupación principal seguía siendo saber quién
de nosotros era el mejor amigo del presidente de Estados Unidos.”
Así se expresaba el presidente brasileño Luiz Inacio Lula
da Silva en la apertura de la segunda reunión de jefes de Estado
de la Comunidad Sudamericana de Naciones (CSAN), celebrada los días
8 y 9 de diciembre de 2006 en Cochabamba, Bolivia.
Auténtico motor de esta iniciativa de integración, nacida
en diciembre de 2004, Lula quiere vencer el inmovilismo regional y las
viejas desavenencias territoriales entre países vecinos, estos
“problemas del siglo XIX que impiden pensar en el XXI”.
Desde su llegada al poder en el año 2003, el presidente brasileño
ha multiplicado las iniciativas diplomáticas, especialmente con
Sudáfrica, la India, Rusia, China y los países árabes.
Al mismo tiempo, Brasil ha firmado numerosos acuerdos, duplicado sus
exportaciones en cuatro años y ha ganado un nuevo status internacional.
Las tropas brasileñas dirigen las fuerzas de paz en Haití
y Brasilia aspira a un escaño permanente en el Consejo de Seguridad
de Naciones Unidas.
El futuro de esta intensa actividad diplomática depende en gran
parte de la relación de Brasilia con sus vecinos. Unida, Sudamérica
se convertiría en la quinta potencia mundial, capaz, con el tiempo,
de desempeñar un papel clave en ciertos mercados mundiales, como
el de la energía, gracias al fuerte crecimiento de la producción
local principalmente de petróleo, gas y biodiesel. Los líderes
regionales ya se imaginan, para el año 2020, un pasaporte y una
moneda única, o bien una “ciudadanía sudamericana”.
Discrepancias con
la realidad
Un bonito sueño. Lejos de concretizarse. Y es que la región
lleva décadas intentando unirse sin gran éxito. Antes
de consolidar la Comunidad Sudamericana de Naciones, los Estados miembros
deberán incluir en la misma numerosas organizaciones ya existentes
como el Pacto Andino, el Tratado de Cooperación Amazónica,
Mercosur o el Grupo de Río. Los sudamericanos participan también
en las muy pomposas Cumbres de las Américas, con Estados Unidos
y Canadá (sin Cuba) o los solemnes encuentros “iberoamericanos”
dirigidos por los españoles y los portugueses (esta vez con Cuba).
Sin olvidar que los pueblos de la región también tienen
el sentimiento de formar parte de una comunidad latina, caribeña
y americana, o de vivir en un mundo de habla portuguesa, los brasileños,
o hispanohablante, el resto. En resumen, Sudamérica no cuenta
aún con una auténtica dimensión política,
ni siquiera cultural. Los sudamericanos no se identifican con su subcontinente,
aunque la unidad geográfica salta a la vista cuando contemplamos
el mapamundi.
Para comprender esta discrepancia entre la realidad geográfica
y la identidad cultural, hay que remontarse al siglo XIX. Con la independencia
de Brasil y el derrumbe del imperio colonial español, los países
de la región se liberan de forma caótica del yugo de las
potencias europeas. Hay que esperar al año 1856 para que aparezca
por primera vez la idea de una “Latinoamérica”. Curiosamente,
el término nace en París de la pluma de un cierto Torres
de Caicedo. Este poeta colombiano exiliado, influido por el “panlatinismo”,
una idea de moda en París, imagina Latinoamérica como
una subdivisión del mundo latino. Esta noción, que prosperó
en el mundo hispánico, será ignorada durante mucho tiempo
tanto por Brasil – al que le cuesta aún hoy en día
considerarse como un país latinoamericano – así
como por Estados Unidos. Este último esperará hasta 1920
para reemplazar, en el lenguaje oficial, el término “Spanish
America” por “Latin America”. En esta época
todavía nadie evoca aún a Sudamérica como entidad
política.
De la dominación al abandono
La Declaración de Monroe de 1822 que proclama “América
para los americanos” ha servido durante mucho tiempo como justificación
para numerosas intervenciones norteamericanas en todo el continente.
Con frecuencia, los intereses esenciales de la región han venido
definidos por Washington. Hasta el 11 de septiembre de 2001. Tras los
atentados, Estados Unidos, obsesionado por la lucha contra los terroristas
islámicos y las guerras de Afganistán y posteriormente
Irak, abandona una región que habían considerado durante
mucho tiempo su “coto privado”. Al mismo tiempo, una nueva
generación de presidentes sudamericanos llega al poder en la
región, generalmente de izquierdas y deseosos de asertar su autonomía
frente a Estados Unidos.
De hecho, la izquierda latinoamericana está pasando discretamente
de un antiamericanismo ancestral a una gestión pragmática
sin los norteamericanos. El ejemplo más flagrante es sin duda
el reembolso, en 2006, de los créditos otorgados por el FMI a
Argentina y Brasil. El Fondo, cuyos emisarios todavía desembarcaban
recientemente con aires de virreyes prestos a dictar las reglas de la
buena gestión, se ha encontrado fuera del juego: no tiene nada
que decir a quien no le debe nada. Otro indicio del cambio en la geopolítica
regional es que Estados Unidos no ha intervenido en las disputas que
han surgido entre países vecinos en los últimos meses
(Argentina-Uruguay, Perú-Venezuela, Bolivia-Brasil…). Además,
¡ningún líder político le ha pedido su opinión!
Incluso cuando el venezolano Hugo Chávez se lanza en sus diatribas
contra el insoportable Bush/Satán, la réplica del gobierno
estadounidense no hace temblar ya a nadie.
¿Un imperialismo
brasileño?
Sin la pesada sombra del Tío Sam, la cooperación regional
cuenta con nuevas alas. Como reacción, algunos intelectuales
latinoamericanos se inquietan ya ante el posible peligro de un “imperialismo
brasileño”. Para los países pequeños, el
temor hacia el gigante continental – el de mayor población,
mayor riqueza y mayor desarrollo (por lo menos en ciertas regiones)
– está fundamentado. Pero Brasilia no tiene ni intención
ni tradición de aplastar a sus vecinos. Queda demostrado en la
tragicomedia de la nacionalización de los hidrocarburos bolivianos.
El pasado primero de mayo, el presidente boliviano Evo Morales decretó
la nacionalización del gas, el petróleo, las refinerías
y los gasoductos. El ejército boliviano ocupó 56 instalaciones
petrolíferas e izó la bandera nacional en las refinerías
de la empresa brasileña Petrobrás. En el pasado, un espectáculo
semejante hubiera atemorizado a los accionistas de las empresas en cuestión,
consternado a la Justicia y, sin lugar a dudas, provocado una reacción
virulenta en Washington. A lo largo de la historia latinoamericana,
han caído muchos gobiernos y ha corrido mucha sangre por menos
que eso. Pero este pulso de fuerza boliviano tomó carices de
opereta, por lo que venir con la misma cantinela hubiera resultado algo
anticuado. Y es que para que una protesta tal suscite temor hace falta
un enemigo de gran tamaño, como en 1932, cuando La Paz nacionalizó
los activos de Standard Oil o en 1966, con la confiscación de
las propiedades del Golfo. En aquella época, las empresas norteamericanas
se habían convertido en auténticos Estados dentro del
Estado y la cabeza de puente de Washington. Pero ¿qué
decir cuando el principal “invasor” es esta vez una empresa
brasileña, pública para más señas, una empresa
en la que el patrón viene nombrado por Lula, al que Morales mismo
considera su “hermano mayor” y Lula, así como toda
la izquierda brasileña, defiende el derecho de Bolivia a disponer
de sus recursos naturales?
Después de muchas vueltas, los bolivianos han logrado renegociar
los contratos con las empresas petrolíferas garantizando a La
Paz el 82% de sus ingresos de explotación frente al 50% anterior.
Unas ganancias de 300 millones de dólares al año que van
a permitir al Estado boliviano equilibrar sus cuentas. Morales, con
toda seguridad, hubiera obtenido los mismos resultados sin dar a los
inversores la imagen de gobierno imprevisible.
Y es que ha llegado la hora del pragmatismo, el conjunto de los presidentes
sudamericanos da la prioridad a la integración física
del subcontinente a través de la realización de 300 grandes
proyectos de infraestructuras (carreteras, puentes, puertos, gasoductos,
presas…), cuyo coste se estima en 30.000 millones de dólares.
Es cierto que esta iniciativa se encuentra aún en fase de declaración
de intenciones y que ya hay un número de ONG y de movimientos
sociales que se levantan contra esta visión de unión regional
que coloca a las grandes obras por delante de las necesidades sociales
y culturales. Sin embargo, significa que por fin se ha lanzado el debate
sobre el futuro de Sudamérica.
Para más información
DUTILLEUX Christian, Lula, Flammarion, París,
2005, 300 páginas.
PICKARD Jacky (dir.), Le Brésil de Lula. Les défis d’un
socialisme démocratique à la périphérie
du capitalisme, Karthala, París, 2004.
ROUQUIE Alain, Le Brésil au XXIe siècle. Naissance d’un
nouveau grand, Fayard, París, 2006, 409 páginas.
VAN EEUWEN Daniel (dir.), Le Nouveau Brésil de Lula, Editions
de l’Aube, La Tour d’Aigues, 2006, 349 páginas.