Una ambición para Europa
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Pierre Defraigne
Pierre Defraigne es actualmente Director de EUR-IFRI, el Instituto Francés de Relaciones Internacionales en Bruselas. Economista, ha sido funcionario europeo de 1970 a 2005, y ha ocupado los puestos de Sub-Director General de la Dirección General de Comercio (2002-2005), Jefe de Gabinete de Pascal LAMY, Comisario europeo de Comercio (1999-2002), Director de las relaciones Norte-Sur (1985-1999) y anteriormente Jefe de Gabinete de Etienne DAVIGNON, Vicepresidente de la Comisión Europea (1977-1983).
Hoy en día imparte un curso sobre las Políticas económicas europeas en la UCL. Sus intereses van desde la política económica internacional, hasta la economía política y las relaciones con los países en desarrollo. Se compromete de una manera activa en el fomento de la gobernanza global a favor de una regulación del capitalismo de mercado en la que la Unión Europea desempeñaría su papel plenamente.


El resurgimiento de China y el retorno de Rusia lanzan un enorme desafío a la Unión Europea. Para defender su modelo, Europa tiene que ser un actor mundial, tiene que negarse a ser la fuerza de apoyo de los Estados Unidos y asumir las responsabilidades del poder.

Europa puede enorgullecerse legítimamente de haber triunfado sobre sus antiguos demonios: las guerras de religión, las rivalidades entre los capitalismos nacionales y el enfrentamiento apocalíptico entre el comunismo y el fascismo. De hecho, desde hace medio siglo, Europa se organiza sobre el modelo de un espacio de derecho multilateral, garante de paz y prosperidad.
Sin embargo hoy en día, con la globalización, la Unión Europea se enfrenta a cuatro desafíos principales: la convergencia Norte-Sur, simbolizada por el desarrollo de China, la divergencia Sur-Sur, marcada por la desconexión de África y del mundo árabe, la fractura social en el seno de los países industrializados y el cambio climático. Estos factores están unidos por una misma problemática, la de la llegada de una nueva era del capitalismo de mercado que articula, por una parte, los continentes entre sí y, por la otra, los sistemas económico y ecológico. El impacto de esta doble situación, económica y medioambiental, se traduce, en el plano geopolítico, en nuevas tensiones y relaciones de fuerza.
¿Podrá el derecho multilateral asimilar dichas evoluciones rápidamente y ordenar los nuevos equilibrios en formación dejando así a Europa la posibilidad de participar en la alianza de potencias civiles? ¿O es que el peso estratégico va a continuar prevaleciendo en el juego internacional, ya sea por la influencia o por la confrontación, de tal manera que una UE insuficientemente organizada se vería obligada a solicitar y a sufrir la protección de América? ¿Cuál sería el coste de tal protección para el modelo de sociedad europeo? Éstas son las preguntas que se plantean hoy en día no solamente a los Estados, sino también a los ciudadanos europeos si es que éstos pretenden influir en su destino colectivo.

1. El despegue de Asia
El primer desafío al que se enfrenta hoy en día la UE es el espectacular ascenso de China, impresionante debido a su importancia, su rapidez y sus consecuencias para la economía mundial y el medio ambiente global. Sin embargo, la verdadera singularidad de su crecimiento se debe al modelo de economía socialista de mercado en el que se enmarca su desarrollo. China debuta en 1978, cuando se entabla una alianza, por aquel entonces improbable, entre el partido comunista chino y las empresas multinacionales, que suministran la tecnología y el acceso a los mercados exteriores a una China con ahorros y una mano de obra numerosa y motivada. La entrada en la OMC en 2001 confirma y asegura el trato: Pekín invierte en unas reformas internas que van en la misma dirección que el mercado, y recibe, como contrapartida, una garantía contra el proteccionismo occidental.
Durante su congreso de 2006, el partido, dentro del marco del concepto de la “sociedad armoniosa”, anuncia unas políticas para reequilibrar tres áreas: la social, la regional y la medioambiental. ¿Serán suficientes estos tres pilares del modelo chino de desarrollo sostenible para sustentar el alto crecimiento, indispensable para la dinámica social, y para orientarlo hacia un reparto equitativo de la prosperidad y hacia una gestión sostenible del medio ambiente? Nadie se atrevería a jurarlo. Sin embargo, se trata de un hecho palpable que está ahí: China construye su propia aculturación del capitalismo de mercado. A pesar de que este procedimiento toma prestados algunos rasgos del modelo norteamericano y otros de los modelos europeos, en el fondo sigue siendo un procedimiento chino.
La emergencia de China tiene unas consecuencias importantes y variadas. Simboliza verdaderamente el despegue de toda Asia, con excepción de algunos grandes países musulmanes. Este auge dependerá no obstante de la capacidad del continente de proseguir con su integración económica, poco institucionalizada pero de facto muy real, a pesar de las muchas tensiones estratégicas. Además, al aumentar la demanda energética mundial, el crecimiento de China ofrece a Rusia una nueva dimensión estratégica. Por otro lado, podría ayudar a los países proveedores de materias primas y de energía a diversificar sus estructuras de producción, basándose en los recursos obtenidos de sus exportaciones masivas a China. Algunos países latinoamericanos podrían conseguirlo, si demuestran ser capaces de centrar su apuesta política en la reducción de sus desastrosas desigualdades sociales internas.

2. Las discordancias Sur-Sur
El segundo desafío es el securitarismo. Se deriva de las amenazas provocadas por el fundamentalismo islámico, los Estados fallidos, los conflictos regionales y étnicos en África y la relación entre estas evoluciones y el riesgo de proliferación de armas de destrucción masiva.
Es evidente que hay que hacer todo lo posible para contener dichas amenazas. Sin embargo, la movilización de Estados Unidos frente a la “guerra contra el terror”, que ha adquirido la forma paranoica que los neoconservadores republicanos le han dando, desvía la atención de las causas subyacentes de dichas tensiones extremas. Afectadas por una pobreza abyecta y desesperadas, las poblaciones quedan abandonadas a su suerte, como ocurre en muchos países africanos desprovistos de instituciones robustas y estables, o sometidos a regímenes autoritarios, e incluso déspotas, que poco se preocupan del desarrollo y son, en la mayoría de los casos, excesivamente corruptos, como es el caso en demasiados países árabes.
Estos bloqueos y estas injusticias impiden a dichos países entrar en la dinámica de la globalización, y sus opiniones públicas, en la mayoría de los casos, no reciben más que el reflejo de la misma a través de sus cadenas de televisión, lo que aviva más aún su frustración y les lleva a tomar el camino de las migraciones clandestinas aleatorias.
No obstante, la responsabilidad de los países avanzados en este fracaso queda comprometida más allá de la insuficiencia de la ayuda al desarrollo o de ciertas manifestaciones de proteccionismo comercial. La colusión de los intereses económicos occidentales con las oligarquías locales ha recibido a menudo el apoyo de los gobiernos europeos y norteamericano. Las artimañas de Estados Unidos en Latinoamérica y el saqueo de los recursos mineros en el Congo respondiendo a intereses europeos ilustran el peso de la responsabilidad occidental. China podría desempeñar mañana ese mal papel.

3. La fractura social
El tercer desafío hace referencia al empeoramiento de las desigualdades en Norteamérica y Europa, que surgen principalmente por la rápida duplicación de la oferta mundial de trabajo debido a la irrupción brutal por parte de China, más progresiva por parte de la India, en el mercado mundial del empleo. Pero este desequilibrio se ve amplificado por irrupción sin precedentes de la esfera financiera en la esfera real de la economía. Ésta se lleva a cabo a través de las exigencias de un rendimiento de dos cifras que las bolsas imponen sobre las sociedades que cotizan y que, a su vez, hacen presión sobre los sueldos, ya sea directamente o a costa de las PYMES que hacen de proveedores y subcontratistas. Las diferencias entre las remuneraciones de capital y de trabajo, y las disparidades entre los sueldos de los trabajadores según su grado de cualificación han aumentado gravemente tanto en los Estados Unidos como en Europa desde hace veinte años y alcanzan hoy en día niveles históricos.
Al mismo tiempo, asistimos a una desfiscalización del capital financiero debido al aumento de la integración de los paraísos fiscales en el sistema financiero europeo e internacional, que facilita todas las formas de delincuencia empresarial. Este desafío es temible puesto que perjudica a la vez la cohesión de nuestras sociedades y la legitimidad de la construcción europea a los ojos de los perdedores en el gran juego de la globalización. Si dicha evolución perdurase y se agravara, no podría descartarse el riesgo de una reacción proteccionista, primero en Estados Unidos y luego en Europa, con la perspectiva concomitante de conflictos comerciales de gran calibre entre bloques continentales.

4. El cambio climático
El cuarto desafío está relacionado con el medio ambiente y se debe en particular a la relación entre la utilización de la energía fósil y el clima, una cuestión que intenta regular el Protocolo de Kyoto. La racionalidad del capitalismo de mercado, que implica la acumulación y el crecimiento, y las necesidades legítimas de las economías emergentes confieren una fuerte inercia a nuestro modelo de medio ambiente global. Sin embargo, no podemos imaginarnos que el sistema se ajuste en los plazos impuestos por el ritmo de la degradación climática, independientemente de que dicho ajuste se busque en la innovación tecnológica, en cambios a nuestros modelos de producción y consumo de energía o en una combinación de ambos.
El riesgo que corremos de sufrir algunos de los efectos del cambio climático, perceptibles de ahora en adelante, no es despreciable. No se descarta que el impacto modifique los equilibrios de producción y consumo a nivel mundial y provoque nuevos peligros estratégicos. La incertidumbre medioambiental forma parte ya de nuestro universo y tenemos que aprender a convivir con ella.

¿Qué modelo europeo?
¿Qué puede hacer la Unión Europea frente a estos desafíos? Desde el punto de vista económico, a priori todo llevaría a un optimismo razonable a medio y largo plazo. Desde luego Europa, el primer continente que entra en un “invierno demográfico”, verá disminuir inevitablemente su parte del PIB mundial durante los próximos tres decenios, si bien el desarrollo de su productividad podría mantenerse alto o, incluso, aumentar. En cualquier caso, dispone de medios económicos y políticos para gestionar su interacción con la globalización de modo que se maximicen los beneficios y se rebajen los costes.
La respuesta europea se tiene que situar en dos planos distintos: por una parte, el ajuste a las nuevas condiciones de la globalización gracias a un equilibro entre la competitividad y la solidaridad dentro de Europa; por la otra, un cambio de las reglas del juego en materia financiera, fiscal, social y medioambiental en el plano multilateral.
La cuestión principal, no obstante, recae en la voluntad política: ¿quiere Europa preservar la integridad de su modelo, lo que implica su modernización en profundidad, pero respetando a la vez sus principios fundadores de libertad y justicia social? ¿O desea por el contrario utilizar la globalización como excusa para cambiar a un modelo más cercano al modelo estadounidense, que es menos igualitario, bajo la hipótesis, no demostrada, de que sea más eficiente? Esta cuestión eminentemente política ocupó el centro del debate sobre el Tratado Constitucional de Francia en 2005. El expediente quedará abierto mientras no quede clarificada la elección de la competencia o de la armonización en materia social y fiscal entre los Estados miembros en el seno del mercado único.
La capacidad efectiva de la Unión Europea para influir en los tres pilares de la gobernanza económica global – el comercio, las finanzas y la normalización, especialmente social y medioambiental – quedará determinada por la cohesión política, es decir, por un acuerdo sobre un modelo interno: no proyectamos fuera de nuestras fronteras más que lo que somos dentro de ellas.

Europa-potencia
La situación estratégica plantea cuestiones más importantes pero que no pueden separarse de la anterior, ya que es cierto que una Europa neoliberal sería a la vez más securitaria y más dependiente de Estados Unidos que una Europa paladín del desarrollo sostenible y duradero y dotada de su propio aparato de defensa.
Frente al espectacular ascenso de China, de la India y de Brasil, frente al retorno de Rusia a la escena internacional como potencia energética de primer plano, frente al peligro de la política aventurera norteamericana en Oriente Medio, ¿pretende la UE ser una Europa-potencia o una Europa-espacio? ¿Debe optar, tal y como el mundo anglosajón fomenta, por una concepción posmoderna del Estado por medio de la “ampliación sin fronteras”, a saber, la de una organización ad hoc fundada sobre el derecho multilateral y que comprenda a la vez un espacio económico competitivo y un sistema regional de seguridad integrado forzosamente en la órbita atlántica? ¿O pretende más bien erigirse en “Estados Unidos de Europa”, con una capacidad de defensa propia y aliada a Estados Unidos, si bien con una relación tal que no pudiera volver a dividirla para constituir coaliciones ad hoc según las necesidades de la misión estratégica que pretenda determinar solo?
¿Puede Europa conformarse con no ser más que una potencia civil en el mundo del mañana, actuando por irradiación o por osmosis gracias a su influencia sobre sus vecinos o su peso en la normalización multilateral? ¿Qué papel estratégico podría asumir teniendo en cuenta que los “tres grandes”- Reino Unido, Francia y Alemania – tratan de explotar cada uno por su lado el peso de Europa en los grandes asuntos delicados donde sus intereses no coinciden mas que de un modo imperfecto, o incluso quedan enfrentados: China, Rusia, Irak, Irán, Estados Unidos? ¿Cómo podría en particular conservar su autonomía de decisión en materia de gobernanza económica global, preservar su propio modelo social y salvaguardar su credibilidad como potencia civil si se entrega a Estados Unidos para su seguridad?
Dicha alternativa le conviene a un buen número de europeos cuyos Estados han perdido, con la Guerra Fría, hasta el recuerdo de una cultura de potencia global; de hecho, demasiados europeos prefieren hoy en día el confort de la ética de convicción al peso de la ética de responsabilidad en un mundo que se enfrenta permanentemente a las amenazas, la violencia y el caos. Se deduce que la Unión Europea se encuentra confinada al papel de potencia de apoyo: encargada de la ayuda humanitaria en África, representante del papel de fuerza de mantenimiento de la paz en los Balcanes, Asia y África y suministrador de cascos azules en el Líbano donde, en realidad, funciona como subcontratista de una política israelonorteamericana que, sin embargo, no había defendido durante la guerra del verano de 2006.
Las opciones ante las que se encuentra hoy la UE reflejan en el fondo su deseo de existir como actor mundial. ¿Puede una civilización sobrevivir si elude dicha misión? A falta de una alternativa estratégica propia, Europa corre el riesgo de verse reducida a desempeñar el papel de cabeza de puente de los norteamericanos en Eurasia y a ser aspirada por la espiral securitaria estadounidense. Esta opción no sería únicamente peligrosa para Europa; iría en contra de la misión que le corresponde de expandir progresivamente por el mundo el sistema multilateral sobre el que ha fundado su propia estabilidad.

Para consolidar el multilateralismo, la mejor vía es la de la multipolaridad: si renunciase a ser uno de los polos del sistema mundial, al lado de los grandes Estados continentales que son Estados Unidos, China, la India y Brasil y, en un futuro, Indonesia, Nigeria y el Congo, la UE se condenaría a desaparecer.Es exactamente ahí donde está la clave de la elección europea: el gusto de existir como civilización, porque tiene todavía mucho que ofrecer. al mundo.