El resurgimiento
de China y el retorno de Rusia lanzan un enorme desafío a la
Unión Europea. Para defender su modelo, Europa tiene que ser
un actor mundial, tiene que negarse a ser la fuerza de apoyo de los
Estados Unidos y asumir las responsabilidades del poder.
Europa puede enorgullecerse
legítimamente de haber triunfado sobre sus antiguos demonios:
las guerras de religión, las rivalidades entre los capitalismos
nacionales y el enfrentamiento apocalíptico entre el comunismo
y el fascismo. De hecho, desde hace medio siglo, Europa se organiza
sobre el modelo de un espacio de derecho multilateral, garante de paz
y prosperidad.
Sin embargo hoy en día, con la globalización, la Unión
Europea se enfrenta a cuatro desafíos principales: la convergencia
Norte-Sur, simbolizada por el desarrollo de China, la divergencia Sur-Sur,
marcada por la desconexión de África y del mundo árabe,
la fractura social en el seno de los países industrializados
y el cambio climático. Estos factores están unidos por
una misma problemática, la de la llegada de una nueva era del
capitalismo de mercado que articula, por una parte, los continentes
entre sí y, por la otra, los sistemas económico y ecológico.
El impacto de esta doble situación, económica y medioambiental,
se traduce, en el plano geopolítico, en nuevas tensiones y relaciones
de fuerza.
¿Podrá el derecho multilateral asimilar dichas evoluciones
rápidamente y ordenar los nuevos equilibrios en formación
dejando así a Europa la posibilidad de participar en la alianza
de potencias civiles? ¿O es que el peso estratégico va
a continuar prevaleciendo en el juego internacional, ya sea por la influencia
o por la confrontación, de tal manera que una UE insuficientemente
organizada se vería obligada a solicitar y a sufrir la protección
de América? ¿Cuál sería el coste de tal
protección para el modelo de sociedad europeo? Éstas son
las preguntas que se plantean hoy en día no solamente a los Estados,
sino también a los ciudadanos europeos si es que éstos
pretenden influir en su destino colectivo.
1. El despegue de
Asia
El primer desafío al que se enfrenta hoy en día la UE
es el espectacular ascenso de China, impresionante debido a su importancia,
su rapidez y sus consecuencias para la economía mundial y el
medio ambiente global. Sin embargo, la verdadera singularidad de su
crecimiento se debe al modelo de economía socialista de mercado
en el que se enmarca su desarrollo. China debuta en 1978, cuando se
entabla una alianza, por aquel entonces improbable, entre el partido
comunista chino y las empresas multinacionales, que suministran la tecnología
y el acceso a los mercados exteriores a una China con ahorros y una
mano de obra numerosa y motivada. La entrada en la OMC en 2001 confirma
y asegura el trato: Pekín invierte en unas reformas internas
que van en la misma dirección que el mercado, y recibe, como
contrapartida, una garantía contra el proteccionismo occidental.
Durante su congreso de 2006, el partido, dentro del marco del concepto
de la “sociedad armoniosa”, anuncia unas políticas
para reequilibrar tres áreas: la social, la regional y la medioambiental.
¿Serán suficientes estos tres pilares del modelo chino
de desarrollo sostenible para sustentar el alto crecimiento, indispensable
para la dinámica social, y para orientarlo hacia un reparto equitativo
de la prosperidad y hacia una gestión sostenible del medio ambiente?
Nadie se atrevería a jurarlo. Sin embargo, se trata de un hecho
palpable que está ahí: China construye su propia aculturación
del capitalismo de mercado. A pesar de que este procedimiento toma prestados
algunos rasgos del modelo norteamericano y otros de los modelos europeos,
en el fondo sigue siendo un procedimiento chino.
La emergencia de China tiene unas consecuencias importantes y variadas.
Simboliza verdaderamente el despegue de toda Asia, con excepción
de algunos grandes países musulmanes. Este auge dependerá
no obstante de la capacidad del continente de proseguir con su integración
económica, poco institucionalizada pero de facto muy real, a
pesar de las muchas tensiones estratégicas. Además, al
aumentar la demanda energética mundial, el crecimiento de China
ofrece a Rusia una nueva dimensión estratégica. Por otro
lado, podría ayudar a los países proveedores de materias
primas y de energía a diversificar sus estructuras de producción,
basándose en los recursos obtenidos de sus exportaciones masivas
a China. Algunos países latinoamericanos podrían conseguirlo,
si demuestran ser capaces de centrar su apuesta política en la
reducción de sus desastrosas desigualdades sociales internas.
2. Las discordancias
Sur-Sur
El segundo desafío es el securitarismo. Se deriva de las amenazas
provocadas por el fundamentalismo islámico, los Estados fallidos,
los conflictos regionales y étnicos en África y la relación
entre estas evoluciones y el riesgo de proliferación de armas
de destrucción masiva.
Es evidente que hay que hacer todo lo posible para contener dichas amenazas.
Sin embargo, la movilización de Estados Unidos frente a la “guerra
contra el terror”, que ha adquirido la forma paranoica que los
neoconservadores republicanos le han dando, desvía la atención
de las causas subyacentes de dichas tensiones extremas. Afectadas por
una pobreza abyecta y desesperadas, las poblaciones quedan abandonadas
a su suerte, como ocurre en muchos países africanos desprovistos
de instituciones robustas y estables, o sometidos a regímenes
autoritarios, e incluso déspotas, que poco se preocupan del desarrollo
y son, en la mayoría de los casos, excesivamente corruptos, como
es el caso en demasiados países árabes.
Estos bloqueos y estas injusticias impiden a dichos países entrar
en la dinámica de la globalización, y sus opiniones públicas,
en la mayoría de los casos, no reciben más que el reflejo
de la misma a través de sus cadenas de televisión, lo
que aviva más aún su frustración y les lleva a
tomar el camino de las migraciones clandestinas aleatorias.
No obstante, la responsabilidad de los países avanzados en este
fracaso queda comprometida más allá de la insuficiencia
de la ayuda al desarrollo o de ciertas manifestaciones de proteccionismo
comercial. La colusión de los intereses económicos occidentales
con las oligarquías locales ha recibido a menudo el apoyo de
los gobiernos europeos y norteamericano. Las artimañas de Estados
Unidos en Latinoamérica y el saqueo de los recursos mineros en
el Congo respondiendo a intereses europeos ilustran el peso de la responsabilidad
occidental. China podría desempeñar mañana ese
mal papel.
3. La fractura social
El tercer desafío hace referencia al empeoramiento de las desigualdades
en Norteamérica y Europa, que surgen principalmente por la rápida
duplicación de la oferta mundial de trabajo debido a la irrupción
brutal por parte de China, más progresiva por parte de la India,
en el mercado mundial del empleo. Pero este desequilibrio se ve amplificado
por irrupción sin precedentes de la esfera financiera en la esfera
real de la economía. Ésta se lleva a cabo a través
de las exigencias de un rendimiento de dos cifras que las bolsas imponen
sobre las sociedades que cotizan y que, a su vez, hacen presión
sobre los sueldos, ya sea directamente o a costa de las PYMES que hacen
de proveedores y subcontratistas. Las diferencias entre las remuneraciones
de capital y de trabajo, y las disparidades entre los sueldos de los
trabajadores según su grado de cualificación han aumentado
gravemente tanto en los Estados Unidos como en Europa desde hace veinte
años y alcanzan hoy en día niveles históricos.
Al mismo tiempo, asistimos a una desfiscalización del capital
financiero debido al aumento de la integración de los paraísos
fiscales en el sistema financiero europeo e internacional, que facilita
todas las formas de delincuencia empresarial. Este desafío es
temible puesto que perjudica a la vez la cohesión de nuestras
sociedades y la legitimidad de la construcción europea a los
ojos de los perdedores en el gran juego de la globalización.
Si dicha evolución perdurase y se agravara, no podría
descartarse el riesgo de una reacción proteccionista, primero
en Estados Unidos y luego en Europa, con la perspectiva concomitante
de conflictos comerciales de gran calibre entre bloques continentales.
4. El cambio climático
El cuarto desafío está relacionado con el medio ambiente
y se debe en particular a la relación entre la utilización
de la energía fósil y el clima, una cuestión que
intenta regular el Protocolo de Kyoto. La racionalidad del capitalismo
de mercado, que implica la acumulación y el crecimiento, y las
necesidades legítimas de las economías emergentes confieren
una fuerte inercia a nuestro modelo de medio ambiente global. Sin embargo,
no podemos imaginarnos que el sistema se ajuste en los plazos impuestos
por el ritmo de la degradación climática, independientemente
de que dicho ajuste se busque en la innovación tecnológica,
en cambios a nuestros modelos de producción y consumo de energía
o en una combinación de ambos.
El riesgo que corremos de sufrir algunos de los efectos del cambio climático,
perceptibles de ahora en adelante, no es despreciable. No se descarta
que el impacto modifique los equilibrios de producción y consumo
a nivel mundial y provoque nuevos peligros estratégicos. La incertidumbre
medioambiental forma parte ya de nuestro universo y tenemos que aprender
a convivir con ella.
¿Qué
modelo europeo?
¿Qué puede hacer la Unión Europea frente a estos
desafíos? Desde el punto de vista económico, a priori
todo llevaría a un optimismo razonable a medio y largo plazo.
Desde luego Europa, el primer continente que entra en un “invierno
demográfico”, verá disminuir inevitablemente su
parte del PIB mundial durante los próximos tres decenios, si
bien el desarrollo de su productividad podría mantenerse alto
o, incluso, aumentar. En cualquier caso, dispone de medios económicos
y políticos para gestionar su interacción con la globalización
de modo que se maximicen los beneficios y se rebajen los costes.
La respuesta europea se tiene que situar en dos planos distintos: por
una parte, el ajuste a las nuevas condiciones de la globalización
gracias a un equilibro entre la competitividad y la solidaridad dentro
de Europa; por la otra, un cambio de las reglas del juego en materia
financiera, fiscal, social y medioambiental en el plano multilateral.
La cuestión principal, no obstante, recae en la voluntad política:
¿quiere Europa preservar la integridad de su modelo, lo que implica
su modernización en profundidad, pero respetando a la vez sus
principios fundadores de libertad y justicia social? ¿O desea
por el contrario utilizar la globalización como excusa para cambiar
a un modelo más cercano al modelo estadounidense, que es menos
igualitario, bajo la hipótesis, no demostrada, de que sea más
eficiente? Esta cuestión eminentemente política ocupó
el centro del debate sobre el Tratado Constitucional de Francia en 2005.
El expediente quedará abierto mientras no quede clarificada la
elección de la competencia o de la armonización en materia
social y fiscal entre los Estados miembros en el seno del mercado único.
La capacidad efectiva de la Unión Europea para influir en los
tres pilares de la gobernanza económica global – el comercio,
las finanzas y la normalización, especialmente social y medioambiental
– quedará determinada por la cohesión política,
es decir, por un acuerdo sobre un modelo interno: no proyectamos fuera
de nuestras fronteras más que lo que somos dentro de ellas.
Europa-potencia
La situación estratégica plantea cuestiones más
importantes pero que no pueden separarse de la anterior, ya que es cierto
que una Europa neoliberal sería a la vez más securitaria
y más dependiente de Estados Unidos que una Europa paladín
del desarrollo sostenible y duradero y dotada de su propio aparato de
defensa.
Frente al espectacular ascenso de China, de la India y de Brasil, frente
al retorno de Rusia a la escena internacional como potencia energética
de primer plano, frente al peligro de la política aventurera
norteamericana en Oriente Medio, ¿pretende la UE ser una Europa-potencia
o una Europa-espacio? ¿Debe optar, tal y como el mundo anglosajón
fomenta, por una concepción posmoderna del Estado por medio de
la “ampliación sin fronteras”, a saber, la de una
organización ad hoc fundada sobre el derecho multilateral y que
comprenda a la vez un espacio económico competitivo y un sistema
regional de seguridad integrado forzosamente en la órbita atlántica?
¿O pretende más bien erigirse en “Estados Unidos
de Europa”, con una capacidad de defensa propia y aliada a Estados
Unidos, si bien con una relación tal que no pudiera volver a
dividirla para constituir coaliciones ad hoc según las necesidades
de la misión estratégica que pretenda determinar solo?
¿Puede Europa conformarse con no ser más que una potencia
civil en el mundo del mañana, actuando por irradiación
o por osmosis gracias a su influencia sobre sus vecinos o su peso en
la normalización multilateral? ¿Qué papel estratégico
podría asumir teniendo en cuenta que los “tres grandes”-
Reino Unido, Francia y Alemania – tratan de explotar cada uno
por su lado el peso de Europa en los grandes asuntos delicados donde
sus intereses no coinciden mas que de un modo imperfecto, o incluso
quedan enfrentados: China, Rusia, Irak, Irán, Estados Unidos?
¿Cómo podría en particular conservar su autonomía
de decisión en materia de gobernanza económica global,
preservar su propio modelo social y salvaguardar su credibilidad como
potencia civil si se entrega a Estados Unidos para su seguridad?
Dicha alternativa le conviene a un buen número de europeos cuyos
Estados han perdido, con la Guerra Fría, hasta el recuerdo de
una cultura de potencia global; de hecho, demasiados europeos prefieren
hoy en día el confort de la ética de convicción
al peso de la ética de responsabilidad en un mundo que se enfrenta
permanentemente a las amenazas, la violencia y el caos. Se deduce que
la Unión Europea se encuentra confinada al papel de potencia
de apoyo: encargada de la ayuda humanitaria en África, representante
del papel de fuerza de mantenimiento de la paz en los Balcanes, Asia
y África y suministrador de cascos azules en el Líbano
donde, en realidad, funciona como subcontratista de una política
israelonorteamericana que, sin embargo, no había defendido durante
la guerra del verano de 2006.
Las opciones ante las que se encuentra hoy la UE reflejan en el fondo
su deseo de existir como actor mundial. ¿Puede una civilización
sobrevivir si elude dicha misión? A falta de una alternativa
estratégica propia, Europa corre el riesgo de verse reducida
a desempeñar el papel de cabeza de puente de los norteamericanos
en Eurasia y a ser aspirada por la espiral securitaria estadounidense.
Esta opción no sería únicamente peligrosa para
Europa; iría en contra de la misión que le corresponde
de expandir progresivamente por el mundo el sistema multilateral sobre
el que ha fundado su propia estabilidad.
Para consolidar el multilateralismo, la mejor vía es la de la
multipolaridad: si renunciase a ser uno de los polos del sistema mundial,
al lado de los grandes Estados continentales que son Estados Unidos,
China, la India y Brasil y, en un futuro, Indonesia, Nigeria y el Congo,
la UE se condenaría a desaparecer.Es exactamente ahí donde
está la clave de la elección europea: el gusto de existir
como civilización, porque tiene todavía mucho que ofrecer.
al mundo.