Juan Gabriel Tokatlian Latinoamérica reapareció en el radar de Washington. Una porción del área, el arco andino, atravesado por una agenda negativa (narcotráfico, desestabilización, etc.), inquieta a Estados Unidos. Esta preocupación creció ya que, al igual que durante la Guerra Fría, Washington teme que la suma de crisis individuales descontroladas en el marco de una sub-región convulsionada produzca un efecto dominó negativo que exacerbe tensiones existentes en el sur (Cono Sur) y el norte (Centroamérica) del continente. Tres décadas perdidas
Es iluso creer que la suma de tantos años de malestar puede contenerse indefinidamente o resolverse por la fuerza. Una mirada de la
región andina Diversos y complejos acontecimientos de la última década en el mundo andino expresan hasta qué punto esta zona está en el borde de la ingobernabilidad; ingobernabilidad que se inscribe en el marco más amplio de una profunda y cada vez más generalizada crisis en América Latina. El retorno de la
Guerra Fría Primero, como en la Guerra Fría el dato ideológico tiene un peso inusitado. Si el comunismo fue antes el enemigo inexorable, hoy lo es el populismo radical. En efecto, el entonces comandante del Comando Sur, general James Hill, afirmó ante el Congreso de su país (24/03/04) que a las amenazas tradicionales en América Latina "se agrega ahora una amenaza emergente que puede describirse como populismo radical". El ejemplo de este tipo de populismo era, según el militar, la Venezuela de Hugo Chávez. Hasta hace poco, esta tesis de Hill, avalada por el nuevo responsable de ese Comando, el general Brantz Craddock, parecía ajena al lenguaje de los civiles. Con el tránsito de Colin Powell a Condoleezza Rice al frente del Departamento de Estado esa definición del populismo radical como una amenaza para EE.UU. adquirió un lugar decisivo en la política exterior y de defensa estadounidense. Cabe destacar que: a) la categoría de populismo radical se desarrolló a medida para Latinoamérica (nadie usa en Washington ese término para calificar los peligros que emanan de África o Asia) por parte de militares; b) durante la Guerra Fría el populismo (como lo fue también el islamismo) fue bienvenido en Estados Unidos porque constituía un antídoto contra el comunismo; y c) el populismo ha sido, en muchos países de la región, un componente de la vida política que ha facilitado la inclusión de sectores tradicionalmente excluidos. Segundo, el regreso a la Guerra Fría también se observa en la persistencia de la lógica de los conflictos de baja intensidad. En los setenta y ochenta el escenario fue América Central, hoy es el caso de Colombia. Como en el reciente pasado EE.UU. despliega hoy una intervención indirecta en el ejemplo colombiano; esto es, asistencia militar masiva, presencia castrense activa y diplomacia muscular, sin participación directa en combates. Así, Colombia tiene la segunda embajada estadounidense más grande del mundo después de Irak, es asiento de 800 militares y 600 contratistas privados provenientes de EE.UU., es el principal receptor de ayuda estadounidense en América Latina y el quinto destinatario de recursos militares en el mundo (después de Israel, Egipto, Afganistán e Irak): entre 1998 y 2004, Bogotá recibió US$ 3.647 millones de dólares y en 2005 se proyectan US$ 781 millones. Tercero, otra similitud con la Guerra Fría se deriva de la persistencia de la promoción del "cambio de régimen" (regime change) por parte de Washington. Ésta puede ser una noción novedosa para quienes olvidan o desconocen la historia pos-Segunda Guerra Mundial de las relaciones interamericanas. Durante buena parte de la Guerra Fría, Estados Unidos toleró o alentó el derrocamiento de regímenes democráticos con algún sesgo reformista (por ejemplo, Chile, entre muchos otros) y su sustitución por gobiernos autoritarios. Ahora, en el escenario pos-11 de septiembre, repitió la vieja práctica en el caso del golpe de Estado de 2002 en Venezuela. Sería deplorable y desastroso para América Latina, en general, y el área andina, en particular, que la promoción del "regime change" en el continente contribuya al desmoronamiento de nuestras aún frágiles democracias. Cuarto, otra de las constantes del pasado tiene que ver con la llamada "guerra contra las drogas" que se inició, por iniciativa del Presidente Richard Nixon, en 1971 y que adquirió ímpetu en la región, especialmente, desde comienzos de los ochenta. Estados Unidos insiste en una ruinosa "guerra contra las drogas" que ni ha desarticulado el negocio de las narcóticos ni ha mejorado la capacidad de control soberano del Estado. Más aún, los actores con mayor poder acumulado son los campesinos cocaleros, por un lado, y las mafias que lucran con el tráfico de cocaína, por el otro. Bolivia, Perú y Colombia son ejemplos emblemáticos del fracaso de aquella guerra. En el caso específico de Colombia cabe recordar que, mientras que entre 2000-2004 el Estado fumigó químicamente aproximadamente 523.000 hectáreas de cultivos de coca, a comienzos de 2005 existían unas 100.000 hectáreas con plantaciones de coca. A pesar de que el Presidente Álvaro Uribe autorizó en tres años de gobierno más 310 extradiciones (la inmensa mayoría de colombianos, con Estados Unidos como principal destino de las mismas), el efecto sobre la disponibilidad, precio y pureza de las drogas en las calles de Estados Unidos fue nulo: hoy se consiguen más drogas, a mejor precio y con mayor pureza que en los noventa. Quinto, ha resurgido, como en el pasado, un doble standard en materia de terrorismo. Durante la Guerra Fría, y en el marco de las relaciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética, la dinámica del simultáneo combate y respaldo a algunos grupos que recurrieron al terror se tradujo en que "mi" luchador de la libertad era "tu" terrorista y viceversa. El caso colombiano puede convertirse en un "test-case" de una suerte de diferenciación entre el "mal" y el "buen" terrorista". En efecto, a pesar de que las Autodefensas Unidas de Colombia están en la lista del Departamento de Estado entre los 36 grupos de terrorismo internacional, recientemente el Departamento de Justicia ha emitido una opinión secreta que, al parecer, permitirá que Washington apoye y financie la eventual desmovilización de ese agrupamiento armado de extrema derecha que, como se ha corroborado en y fuera de Colombia, está directamente ligado al negocio de las drogas y ha sido autor de innumerables masacres. Y sexto, el proverbial desinterés de Estados Unidos por la agenda social de la región continúa inmodificable a pesar de la retórica de la interdependencia continental. El tratamiento de Washington a los casos de Bolivia y Ecuador en la presente coyuntura corrobora que poco ha cambiado desde la Guerra Fría a la actualidad. Ni Bolivia ni Ecuador constituyen ejemplos de un Estado fallido-failed state en la denominación hoy predominante-; esto es, un Estado definido por una extendida ilegitimidad institucional y por la incapacidad de proteger a los ciudadanos en su condición existencial. Son, sin embargo, casos agudos de debilitamiento estatal que pueden derivar en una situación anárquica; esto es ausencia de un gobierno central. Una suerte de globalización defectiva erosiona aún más la soberanía estatal, debilita la base productiva nacional, refuerza la fragmentación social y limita la autonomía diplomática de ambos países. De hecho, la mayoría de los asuntos que determinan las realidades boliviana y ecuatoriana en este momento, esto es; los niveles de estabilidad, la reafirmación de las identidades, el tratamiento de los recursos energéticos, la proliferación del negocio de las drogas ilícitas, las cuestiones limítrofes, las tentaciones secesionistas y la fragilidad geopolítica, entre otras, está atravesada por poderosas fuerzas y factores exógenos. Y ante ello la actitud de Washington ha mostrado una franca insensibilidad social y material hacia las dos naciones; lo cual presagia que Estados Unidos podría volver a tentarse, como en el pasado, por la mano dura para resolver crisis de envergadura. El papel del Cono
Sur De allí la importancia de que los países del Cono Sur-relativamente menos inestables--diseñen una estrategia andina realista que combine, ponderadamente, principios y pragmatismo. Es tiempo de moderación política, compromiso material y diplomacia anticipada; sólo así los intereses del área-e, incluso, los de Estados Unidos en el largo plazo-se verán fortalecidos. |