Aterrizar en Bunia, principal ciudad de Ituri, es entrar en un recinto fortificado. Islote en medio de la selva, la ciudad está protegida por miles de cascos azules de la ONU desde la operación Artemis del verano de 20031. Su despliegue es impresionante: el 70% de los vehículos que se cruzan en las calles de la ciudad pertenecen a las Naciones Unidas, mientras que en cada cruce estratégico, militares con el dedo en el gatillo establecen cortes de carretera y controles, apoyados por tanques o coches ametralladores. Es poco frecuente oír disparos en la ciudad, pero el ruido característico de las orugas de los tanques, que patrullan de noche, recuerda que Bunia está aislada en medio de una región mayoritariamente bajo el yugo de milicias incontroladas. La llegada de una brigada de las fuerzas armadas congolesas (FARDC) en Ituri posibilitó la salida progresiva de las tropas de la ONU de Bunia a principios de este año. Operaciones militares, llevadas a cabo conjuntamente por ambas fuerzas, mejoraron la seguridad en algunos de los grandes ejes y en determinados pueblos, pero sin conseguir hasta el día de hoy traer la paz en la región. El despliegue de una segunda brigada de las FARDC resultó un arma de doble filo; los militares, mal equipados, mal entrenados, confundiendo a menudo acción humanitaria y saqueo o extorsión a las poblaciones, fueron retirados sin más tardar de la región. Las operaciones de protección, que acompañaban la voluntad de desarme de las milicias, están prácticamente estancadas desde junio de 2005 y han paralizado la situación en la zona, donde se producen escaramuzas de forma esporádica. Una violencia solapada,
pero constante Saliendo del aeropuerto para el centro de la ciudad, el visitante pasa por delante de "Bon Marché". Esta parcela, que albergaba al principio un gran almacén, Médicos Sin Fronteras la transformó en un inmenso hospital con 300 camas. Constituida por tiendas cubiertas de un techo de paja, este lugar se convirtió rápidamente en el único establecimiento que funciona de toda la región, ya que los demás han sido destruidos, que el personal huyó y que las estructuras subsistentes practican precios exorbitantes. El hospital de MSF en "Bon Marché" fue concebido en junio de 2003 para responder a circunstancias del momento. Pero dos años más tarde, a pesar de los criterios que reservan el ingreso hospitalario a los casos más graves, se halla constantemente agobiado de gente y sigue más que nunca imprescindible. De hecho, es el único lugar que dispensa cuidados sanitarios gratuitos y sigue asequible a todos, sin distinción étnica o política. El ala de "Bon Marché" reservada a la salud de la mujer es reveladora de la violencia que perdura en toda la región. Desde que comenzó la intervención de MSF hace dos años, unas 3.500 mujeres acudieron para recibir cuidados apropiados después de haber sufrido una o varias violaciones. En julio de 2005, mes emblemático del último semestre, se presentaron una media de 8 mujeres al día. Uno no se atreve a imaginar cuantas no pudieron acudir por causa de la distancia, de la vergüenza o de la inseguridad... Estas mujeres, desde los 8 meses a los 80 años de edad, conocieron el horror de la violación. En un 80% de los casos, la violación fue perpetrada por varios hombres, bajo la amenaza de sus armas, y en un 11% de los casos, la siguieron más violencias, como la tortura, la esclavitud o el asesinato de parientes. Todos los grupos armados recurren a las violaciones.3 Para ellos, es un acto banal en tiempos de guerra, un modo de transacción cuando se adentran en la selva con las mujeres detenidas en un control para que paguen su derecho de paso. Al considerarlas como botín de guerra, se les raptan también a menudo para convertirlas en esclavas sexuales o domésticas. Destrucción íntima
y duradera Sin embargo, estas reacciones
de autodefensa son poco frecuentes debido al dominio de los hombres
en arma desde el inicio de la guerra en Ituri. Por el contrario, el
marido, la familia o la comunidad rechazan a menudo la mujer que tuvo
que sufrir una violación. Para ellos, se halla deshonrada, incluso se
le sospecha de complicidad y, por tanto, desacredita a su entorno. En
vez de enfrentarse a la realidad de la violación, las familias no tienen
más remedio que negar el horror que conocieron estas mujeres. Los milicianos,
entonces, han alcanzado su fin: doblemente víctimas en una sociedad
en la que la violación es tabú, se mantiene a las mujeres, y a través
de ellas su comunidad, en un estado de terror y de dominación. Y es
que al atacarse a las mujeres, los milicianos destruirán la familia,
fundamento de la vida social congolesa. Principales proveedoras de los
medios de subsistencia, las mujeres ya no se atreven a ir al campo.
En cuanto a los hombres, están humillados por no haber podido desempeñar
su papel de protector de la familia. Las mujeres llegan al hospital de "Bon Marché" por sus propios medios o enviadas por otros actores humanitarios. A menudo anduvieron horas para llegar a la ciudad, porque la inseguridad general amenaza también a las organizaciones humanitarias e impide que MSF y otras asociaciones vayan a su encuentro. Hay que elegir: o bien salir al encuentro de las poblaciones bajo escolta militar de la MONUC o del ejército congolés y ser considerado de facto por los milicianos como cómplices de sus enemigos, o bien imponerse reglas de seguridad drásticas que reducen infaliblemente los movimientos. El asesinato de dos miembros del CICR en la región en 2001 o el rapto de dos colaboradores de MSF durante 9 días en junio pasado recuerdan que no existe "inmunidad humanitaria" en Ituri: les actores del conflicto no ven necesariamente de un buen ojo que se proporcione cuidados o alimentos a las poblaciones civiles. La ayuda representa, al igual que lo demás, una fuente de bienes de los que cabe incautarse. Respuesta internacional
insuficiente Asimismo, la epopeya patética de las tropas enviadas de Goma a Bunia durante la última semana del mes de agosto no serena las cosas. Dicho batallón contaba con 6.000 hombres, pero sólo 3.500 se pusieron en marcha hacia Ituri. Los demás desertaron. Rápidamente, surgieron casos de cólera entre los militares subalimentados y transportados en condiciones higiénicas espeluznantes. No obstante, los oficiales obligaron a los soldados a seguir caminando, dispersando el vibrio del cólera a su paso. Una docena de soldados fallecieron y otros más de 230 pudieron recibir asistencia médica de MSF, único actor verdaderamente presente en el terreno, dada la casi ausencia de personal médico militar o de la administración pública. Se entiende la desesperación de las mujeres violadas, maltratadas y aterrorizadas que no ven salida a su calvario. Mientras tanto, estos dos últimos años, no hubo ni un solo juicio por violación o intento de violación en Bunia. Para los que cometen esta práctica abyecta, que socava la sociedad en su conjunto, la impunidad es total. El presente artículo fue escrito en septiembre de 2005
Las guerras del Congo
Pronto, se deterioran las relaciones entre los Sres. Kabila y Kagame. En 1998, estalla una nueva guerra en RDC. Rebeliones regionales, con el apoyo de Ruanda y su aliado de entonces, Uganda, se enfrentan al poder central, apoyado por otros países africanos (Zimbabue, Angola, Sudán, etc.). A pesar de la firma de los
acuerdos de paz, de la intervención de las Naciones Unidas, y de la
apertura de una fase de transición democrática en toda la República,
Ituri sigue bajo el yugo de los señores de la guerra que instrumentalizan
las identidades étnicas y saquean los recursos naturales. Desde 1997,
los conflictos en la RDC habrían hecho entre 3 y 5 millones de víctimas,
en su gran mayoría civiles. Ei 1 Despuès de una operación
de 3 meses, militares franceses, actuando bajo bandera europea, volvieron
a tomar el control de la ciudad, sometida a combates sangrientos entre
milicias rivales, a pesar de la presencia de tropas de las Naciones
Unidas, completamente desbordadas. |
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