Susan
L.Woodward La expresión " Estado fallido " se ha generalizado. Y sin embargo, su definición sigue siendo confusa y controvertida. Un análisis razonado de este fenómeno, de sus causas y sus consecuencias, es esencial porque, en un entorno internacional marcado por estrategias de influencia y por la globalización de la amenaza, las palabras no son indoloras. En el mundo académico, ningún estudio puede empezar sin un concepto, es decir una o más palabras que identifiquen el tema por tratar y los aspectos de la realidad que ese tema debe o no incluir. En los ámbitos político y periodístico, la designación de un concepto es igualmente crucial : señala la existencia de un problema, orienta la percepción que tendrá de éste el público y excluye de toda consideración las cuestiones destinadas a no ser examinadas. El concepto de " deficiencia del Estado " es usado con tal frecuencia por los políticos, periodistas y analistas que se convirtió en una realidad. Tiene sentido para cada uno de estos actores y es el objeto hoy en día de importantes investigaciones y recomendaciones de política general. Nadie pone en tela de juicio su existencia. Pero, ¿qué incluye o excluye exactamente esa denominación ? ¿Qué entendemos por " deficiencia de un Estado " ? ¿Por qué empleamos este término ? ¿Conocemos las causas del problema ? Todas estas preguntas son tan raramente exploradas que sería perdonable preguntarse si en definitiva la deficiencia del Estado existe realmente y qué objetivo político quiere alcanzar. El acento en las
consecuencias En 2001, la Comisión internacional sobre la intervención y la soberanía de los Estados llega a esta conclusión1 que los estados tienen la " responsabilidad de proteger " a sus ciudadanos y a los demás naturales que viven en su territorio. Punto de vista reafirmado en el Informe 2004 del Grupo de personalidades de alto nivel del Secretario general de la ONU (*) sobre las amenazas, los desafíos y el cambio.2 Si los gobiernos no asumen su responsabilidad, la comunidad internacional no sólo tiene el derecho, sino la obligación de intervenir. Cada problema que suscite la inquietud del exterior -conflicto armado, desarrollo insuficiente, desplazamientos internos y refugiados, hambre y epidemias, perjuicios a los derechos humanos- es el resultado de una deficiencia del Estado, se trate del derrumbe total de éste último o de la incapacidad de los responsables políticos para actuar debidamente. Tras los atentados del 11 de septiembre 2001 en Nueva York y Washington, el contexto internacional evoluciona, sólo reforzando esa visión, pero las consecuencias para el mundo resultan más directas. Los Estados deficientes, como Afganistán y Somalia, constituyen ambientes ideales para que las redes terroristas se organicen, se entrenen, y ataquen a los paises más ricos y potentes del planeta. En septiembre 2002, en su nueva Estrategia de seguridad nacional, los Estados Unidos subrayan que los " Estados frágiles " representan una amenaza fundamental para la seguridad nacional norteamericana y su agencia de desarrollo, USAID, decide reorientar su estrategia de ayuda.3 Numerosos paises de Europa y la Unión europea no tardan en sumarse a esa iniciativa.4 La guerra civil y sus consecuencias pasan entonces al segundo plano, cediendo al terrorismo el puesto de problema número uno, seguido por el tráfico de productos ilícitos (armas, drogas, diamantes, e incluso seres humanos) y, más recientemente, por la enfermedad (VIH/SIDA, SRAS) y por los temores suscitados por la incapacidad para contener las epidemias mundiales como la gripe aviar. Pero en cada caso, se atribuye la causa a la deficiencia del Estado. ¿Un término amenazador?
La imprecisión del concepto y su aplicabilidad aparentemente muy amplia provocaron por otra parte una fuerte reacción en los paises del mundo insertados en esa categoría. A sus ojos, el término en sí es una amenaza esgrimida por los Estados potentes con vistas a encontrar un pretexto para una nueva intervención en los asuntos interiores de naciones soberanas. Su respuesta la más corriente fue negar completamente la existencia de un problema o resistir a cualquier uso de ese término para calificar su Estado, por miedo a las eventuales consecuencias. Percibiendo esa sensibilidad, los diplómatas de las naciones potentes empezaron a emplear expresiones en apariencia menos ofensivas : Estados frágiles, en crisis, amenazados de inestabilidad, o incluso feudos de los señores de la guerra parecían más apropiadas. Se fueron más lejos analistas del Sur, al proponer activamente formulaciones alternativas susceptibles de reflejar los problemas de un modo más realista : en América latina, mencionaremos, por ejemplo, la seguridad humana, la violencia urbana o la crisis del Estado;5 en China, las amenazas no tradicionales contra la seguridad; en Africa, se incriminará a las redes transnacionales : empresas o Estados fuertes del Norte que vuelven lucrativo el tráfico de productos ilícitos o se hará hincapié en la comunidad, cuyo papel es fundar la identidad política al igual que responder a las necesidades elementarias, y en el Medio Oriente, se estigmatizarán los efectos fragilizantes del poder norteamericano en el area. Mientras algunos en el Norte se muestran sensibles al mensaje que el término puede acarrear, lo cual sugiere su apertura al diálogo y a la cooperación Norte-Sur, ahí donde los Estados deficientes corren el riesgo de poner en peligro la seguridad regional e internacional, los habitantes de esos paises y regiones no parecen siempre estar dispuestos a la reciprocidad. A sus ojos, ese concepto muestra sobre todo lo poco que han evolucionado las percepciones del Norte con respecto al Sur y refleja los prejuicios implícitos del Norte y su rechazo a reconocer sus responsabilidades y las del mundo en las consecuencias que son fuente de preocupación.6 La necesidad de diferenciación
Al mismo tiempo, el reflejo que lleva a intervenir para poner fin a un conflicto armado en curso puede tener el efecto inverso. Los reportajes televisados que muestran las consecuencias de las violencias cometidas durante una guerra civil despiertan la reacción de la comunidad internacional que intenta poner término al conflicto.9 Sus esfuerzos se ven a menudo coronados de éxito, pero la no búsqueda de las verdaderas causas de la guerra y del tipo de Estado que podría resultar viable hace que la aplicación de los acuerdos políticos sea extremadamente difícil. Además, las presiones exteriores (relativas al pago de las deudas acumuladas, a la celebración rápida de elecciones, a la protección de los derechos de las minorías, a la instauración de una economía de libre mercado y a la puesta en pie de un gobierno democrático), añadidas a una ayuda internacional tan transitoria como insuficiente, producen Estados frágiles que, la mayoría de veces, recaen en la guerra. Tal es por ejemplo el caso de Angola, Liberia y Haití. Puede suceder también que esos acuerdos desemboquen en el despliegue prolongado de tropas y administraciones extranjeras, como en Afganistán, en Bosnia Herzegovina y en Kosovo. El papel internacional
de los Estados Sin embargo, el orden internacional actual depende cada vez más de los Estados. Administrar la globalización económica requiere en realidad una capacidad de gobernación superior a la que se necesita en eonomías protegidas, ya que es necesario tener en cuenta la volatilidad y la imprevisibilidad del comercio y de los capitales mundiales, las consecuencias sobre el crecimiento y las protecciones sociales, así como las garantías absolutas reclamadas por los inversionistas y los acreedores extranjeros.11 Por otra parte, el refuerzo de los regímenes normativos internacionales y el desarrollo de organizaciones y redes transnacionales encargados de su puesta en marcha acrecentaron las exigencias y las expectativas a las que deben responder los gobiernos, considerados los " garantes " de esas obligaciones y normas internacionales. Además, las organizaciones del sistema actual siempre se fundamentan en los Estados y la tendencia actual, liderada por los " nuevos soberanistas " americanos,12 refuerza ese acento. Estos, en efecto, se oponen activamente a las soluciones de los institucionalistas progresistas y quieren minar la idea que los organismos internacionales, las reglamentaciones y la cooperación multilateral pueden garantizar los bienes públicos mundiales, especialmente la seguridad. Si bien es cierto que los Estados ya no son del todo capaces de satisfacer esas expectativas exteriores crecientes, sea cual sea su grado de eficacia y de legitimidad, se ven confrontados a condiciones que pueden cada vez menos administrar solos y que requieren pues una acción regional o internacional.13 Tomar en serio a
los Estados Estas soluciones, a semejanza del concepto en sí, provocan también una reacción. Influyentes investigadores de la Universidad de Stanford apelan hoy en día a nuevas " tutelas "o " soberanías compartidas " mediante las cuales los Estados reconocerían su deficiencia y aceptarían confiar su gestión, en todo o en parte, a extranjeros.14 Los ciudadanos de los paises pobres, confrontados con un paro estructural de larga duración, con ingresos estancados y con un sentimiento general de inseguridad debido a la criminalidad y a la ineficacia policial revelan que, si les dieran a elegir, la justicia social superaría a la democracia.15 Numerosos expertos acreditan esa vieja idea, desprestigiada durante mucho tiempo, según la cual el crecimiento económico requiere prioritariemente Estados fuertes (entiendan represivos). Incluso los gobiernos fuertes y " con buena salud " acuden al ejército para mejorar " la eficacia " de su diplomacia y de su respuesta de urgencia. Pensamos al contrario que no podemos renunciar ni a los Estados, ni a la democracia. La gravedad del problema requiere que se tome en serio a los Estados, especialmente por el papel esencial que desempeñan en el orden internacional. Eso supone, ante todo, una evaluación realista de lo que pueden hacer los gobiernos, particularmente en los paises pobres, dadas las circunstancias internacionales actuales ; luego, un conjunto de modalidades y estrategias de intervenciones que se ataquen a las causas reales de las deficiencias que preocupan a la comunidad internacional, en especial las políticas de ayuda actuales ; y por último un debate público sobre las responsabilidades reales y legítimas para cada una de las consecuencias mencionadas anteriormente.
* La comunidad de los derechos humanos agrupa a las ONG del movimiento de los derechos humanos, a los intelectuales y juristas cercanos a éste, a las organizaciones intergubernamentales especializadas (Alto Comisionado de Derechos humanos, Comisión de derechos humanos de las Naciones unidas, etc.) y a los responsables de los derechos humanos en el seno de los ministerios de Asuntos exteriores de los paises democráticos. * Grupo de personalidades
de alto nivel
1 The Responsibility
to Protect, Ottawa, ministerio canadiense de Asuntos exteriores,
2001. |
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