Colette Braeckman Pese a la violencia que existe en el este de la RDC, la sociedad civil resiste y opone una respuesta ciudadana a la arbitrariedad y a las brutalidades. Las Iglesias están al centro de esta movilización y participan de forma activa a los preparativos de unas elecciones consideradas como un antídoto a la guerra y a la delicuescencia del Estado. Reportaje. Aunque ningún coche la atraviese, desde el amanecer, la pequeña ciudad minera de Kamituga, al límite de Kivu Sur y de Maniema, está invadida por el estruendo: el bullicio que sube del mercado donde la gente se apretuja para comprar artículos baratos de China, las radios y los casetes al máximo de su potencia, las detonaciones de los motores de las motos rutilantes que los jóvenes que transportan el oro hasta Bukavu dejan calentarse para pavonearse cuanto más mejor. Y también, de los albores al crepúsculo, lancinante como el sonido de un cencerro, obstinado, el constante martilleo de los mazos, esos martillos blandidos por las mujeres que sustituyen a la maquinaria, enmohecida hace tiempo. El día entero, siete días a la semana, las mujeres de Kamituga, que abandonaron la agricultura y huyeron de sus campos a la orilla del bosque, machacan las piedras que les traen los excavadores. Las reducen en pequeños montículos de polvo gris, que luego se tamizarán, se enjuagarán hasta que aparezcan partículas brillantes, polvo de ese oro tan codiciado, que produce la riqueza y la desgracia de la región. La paga de estas mujeres, que reciben de los excavadores de los que dependen, no supera... un dólar por día. Pero no se quejan, explican que en la ciudad gozan por lo menos de cierta seguridad y no corren el riesgo de ser raptadas o violadas por los Interhahamwes, esos Hutus ruandeses todavía escondidos en los bosques de Maniema. Empero, al pasar la valla de la parroquia, el bullicio de Kamituga desaparece para dar paso a una atmósfera de estudio. Al lado del despacho del abad Jean-Claude, el cura de la parroquia, mujeres se reúnen varias veces por semana alrededor de Dévote. No se trata aquí de catequesis o de obras sociales, pese a que estas mujeres, a menudo solas con hijos a cargo, carecen de todo y tienen también que machacar piedras para lograr sobrevivir. El motivo de su encuentro es a la vez sencillo y ambicioso: quieren, cuanto antes, aprender a leer y a escribir para, según nos explica Dévote, "ser capaces de cumplir lo mejor posible con su deber electoral." Dévote, quien trabaja como enfermera en el hospital muy cercano (un hospital desoído por la ayuda internacional que sólo funciona gracias a las contribuciones voluntarias de los pacientes), traduce de buen grado las palabras de sus conciudadanas: no poseen documentos de identidad, nunca fueron inscritas en el registro civil, y no saben que la inscripción en el registro de votantes les permitirá tener documentos de identidad. Pero sobretodo, estas mujeres han comprendido que las elecciones les permitirán escoger a sus líderes por vez primera en su vida, y eso en todos los niveles: local, nacional, presidencial. Se empeñan: "Aquí, en el este, hemos sufrido la ocupación, la explotación, los saqueos. Los responsables de nuestras desgracias siguen ahí, mañana se presentarán en la votación. Pero también sabemos que habrá otros candidatos, procedentes de la base, antiguos sindicalistas, patriotas, gente que encarnó la resistencia. Queremos poder elegir, ser capaces de convertirnos en observadoras de las mesas electorales e impedir las trampas." Durante la inscripción en el registro de los votantes ya prestaron mucha atención a que ningún "no congolés" - o sea extranjeros infiltrados, Ruandeses o Burundeses - haya podido venir a registrarse como nacional. Recorrieron con cuidado las listas de las personas registradas fijadas fuera de las mesas… El abad Jean-Claude supervisa tanto la alfabetización de las mujeres como los preparativos de las elecciones, y prestó los locales de las escuelas parroquiales a la Comisión Electoral Independiente. Su optimismo es él de la voluntad: "En Kinshasa y menos aún fuera del país, no se valora la capacidad de movilización de los Congoleses. La gente quiere votar, y llevan tiempo organizándose para que tenga lugar esta votación, incluso en las regiones más remotas... También se olvida que esta 'autoorganización' popular es antigua, se remonta a los tiempos de Mobutu que nos había abandonado..." Para ilustrar dicha movilización de sus fieles, el abad menciona la existencia de los grupos Justicia y Paz, que existen en cada parroquia, el servicio de las comunidades cristianas de base, de las "diaconías", presentes en todo el país, y elogia la excelente colaboración entre todas las confesiones religiosas: "Cuando a nuestros vecinos protestantes les faltaron material didáctico, les dimos los folletos que Justicia y Paz había repartido entre nosotros y que se habían impreso mediante fondos procedentes de Bélgica. Estos pequeños folletos explican de forma muy concreta cómo votar y cómo identificar las posibles trampas. Las utilizaron para sus propias reuniones de formación." Y es que, en Bélgica, una campaña de sensibilización llevada a cabo por la organización católica flamenca Broederlijk Delen, por Justicia y Paz y otras ONG cristianas sobre el tema "Congo puede votar" había permitido recabar los fondos que apoyaron a las organizaciones de base en el Congo. Sobre el terreno, el acuerdo concluido entre las Iglesias católica, protestante, los musulmanes y las "Iglesias del despertar", o sea las sectas que se van multiplicando por todo el país, es realidad: todas las confesiones se pusieron de acuerdo para abstenerse de hacer proselitismo y juntar sus esfuerzos para instruir a sus fieles en la perspectiva de las elecciones. Dicho acuerdo es fundamental en este país donde todos los ciudadanos reivindican, casi sin excepción, la pertenencia a una religión… El reto del abad
Malu Malu Bajito, con ojos vivos y una cara muy cambiante, el abad, convertido en una figura central de la política congolesa, es oriundo de Butembo, en territorio Nande, en el este del Congo. Después de graduarse como doctor en ciencias políticas en la universidad de Grenoble, fue nombrado rector de la universidad de Graben, en Butembo, con apoyo exclusivo de fondos privados y considerada como la mejor de la región. Nombrado al frente de la CEI, el abad mantuvo sus vínculos con las comunidades cristianas de base y, en margen del Estado y de las organizaciones internacionales, posee una impresionante red de contactos a nivel de las parroquias. Estos cimientos populares le permiten mostrarse filósofo ante los culatazos de la jerarquía: la Conferencia Episcopal del Congo, presidida por monseñor Monsengwo, que dirigió en otro tiempo la Conferencia Nacional Soberana (1991-1992) y sigue teniendo algo de nostalgia para la política activa, se distanció del presidente de la CEI al asegurar que éste no podía comprometer a la Iglesia como institución. Estos reparos han causado inquietud a los Occidentales, que financian costosamente la inscripción en el registro de votantes y la futura votación (sólo para la Unión Europea, el monto asciende a 149 millones de dólares...), y se ha presionado con discreción, mediante el Vaticano, a la jerarquía congolesa para que no retire su apoyo al proceso electoral. La inscripción en el registro de veinte millones de votantes llevada a cabo por todo el país, pese a los problemas logísticos y las consignas de boicot lanzadas por algunos partidos como la UDPS (Unión Democrática para el Progreso Social) del Sr. Etienne Tshisekedi, demuestra también que, a pesar de la quiebra del Estado congolés, descrita una y otra vez, el pueblo sigue todavía y como siempre en pie: los simples ciudadanos han conservado su deseo de constituir una nación, se han organizado para sobrevivir y para resistir a las agresiones extranjeras, y están decididos, en su abrumadora mayoría, a ir a votar. La única frustración, para muchos de estos ciudadanos, es no haber podido llegar a las mesas de registro en su debido tiempo... Los límites de la
participación popular Sobre el terreno por ejemplo, sucede que equipos de Médicos Sin Fronteras, deseosos de repartir fármacos y dispensar cuidados médicos sin hacer pagar una población sumamente pobre, chocan de frente con el personal sanitario congolés. Los argumentos esgrimidos por ambos lados resultan pertinentes: MSF señala que la política de recaudación de los costes de las prestaciones sanitarias de paga impide el acceso a los ambulatorios a una gran mayoría de la población, mientras que el personal "local", médicos y enfermeros, recuerda que las débiles estructuras sanitarias, que se remontan a la época colonial y a los primeros años del régimen de Mobutu, permanecieron, pese a la ausencia de cualquier apoyo oficial, gracias a que las poblaciones locales estaban acostumbradas a hacerse cargo de sí mismo... En los ambulatorios y los centros de salud, incluso los que dependen de instituciones religiosas, se pide una contribución, mismo simbólica, a los pacientes, y muchos temen que la ayuda extranjera, restableciendo la gratuidad, haga desaparecer estos reflejos de autosuficiencia arraigados desde hace tiempo... Efectivamente, en el Congo, hace tiempo que los ciudadanos han aprendido a prescindir del Estado: en crisis económica desde finales de los años 1970, el régimen mobutista, preocupado por mantenerse en el poder y enriquecer a sus elites, encargó durante mucho tiempo el ámbito "social" a las cooperaciones extranjeras, más indiferente aún a las necesidades de la población que ninguna elección libre y democrática podía sancionarlo. Desde principios de los años 1990, el régimen, en decadencia y en desgracia, fue castigado por los Occidentales quienes, al retirar todas las cooperaciones directas, abandonaron en realidad el pueblo a su suerte. Después de la caída del régimen de Mobutu, los Congoleses sufrieron cinco años de una guerra sangrienta y, después de los acuerdos de Sun City, dos años de una transición en la que el sector social fue lo que menos les importaba a sus líderes, impuestos por las armas. Con todo, aunque tengan a veces la impresión de que Dios y los hombres los han abandonado, los Congoleses hicieron frente a la adversidad. En todo el país, en las selvas como en las urbes, cuando se les pregunta "qué tal", tienen esta respuesta tan clara como evasiva: "Aquí estamos. Vamos tirando, pero con dificultad." En otras palabras: "Los tiempos son duros, pero seguimos luchando, hemos resistido, esperamos que se vaya arreglando…" Dicho de otra manera, procuramos arreglárnoslas. Punto clave de esta maña, las solidaridades familiares, el apoyo de los parientes que viven en la ciudad o, mejor todavía, que consiguieron llegar al extranjero, de dónde envían dinero a sus allegados que se quedaron en el país. Los importes que se transfieren de este modo no se pueden valorar, pero superan ampliamente los presupuestos de la ayuda internacional. Las redes de iglesias asumieron también su papel, y el circuito de las misiones permaneció intacto, a pesar del envejecimiento de los sacerdotes extranjeros. Con todo lo que esto significa: las informaciones comunicadas por fonia (y que, retransmitidas mediante la agencia Misna, fueron a menudo las primeras en denunciar las matanzas cometidas en el este del país), la posible recaudación de fondos fuera del país, los circuitos invisibles que permiten la transferencia de capitales, el reparto de la ayuda fuera de las redes del poder… Los Congoleses se las arreglaron también desarrollando en sumo grado asociaciones profesionales y comités de toda índole. Incluso en los pueblos más remotos, es ilusorio querer hacer preguntas a las mujeres del mercado, los ciclistas que hacen de taxi (los tolekas de Kisangani), o los jóvenes que pasan escuchando su transistor sin otra forma de introducción: en realidad, todos forman parte de un comité, de una asociación, y exigen que el extranjero se dirija en prioridad a su "delegado" o a su "presidente". Éste hablará en su nombre, sintetizará la impresión general y, sin esperar, le presentará al visitante "la lista de las necesidades". Las Iglesias del
despertar Estas Iglesias del despertar están igualmente vinculadas a la aparición de un fenómeno nuevo, los niños-brujos: algunas familias se convencen de que la causa de sus desgracias tiene que ver con el "hechizo" que uno de los hijos habría lanzado, y sucede que expulsen al niño "culpable", que acaba juntándose a las cohortes de niños callejeros. Al crío le puede recuperar el "religioso" que no se privará de recurrir a las violencias físicas, a los malos tratos. Esta explosión de "sectas" y de prácticas mágico-religiosas es el reflejo de la profunda desestructuración social debida a los años de guerra, al éxodo rural, al desplazamiento forzoso de las poblaciones, y se puede esperar que si el país vuelve a encontrar la vía del desarrollo, los Congoleses lograrán preservar lo mejor de su práctica religiosa y de su "economía de la solidaridad" y deshacerse de todas sus desviaciones… |