Roland Marchal "Estado en quiebra", "guerra civil": estas palabras suelen evocar la destrucción, la inopia y la miseria generalizada. El ejemplo de Somalia nos invita a distanciarnos de aquellas representaciones comunes y a entablar una reflexión sobre las condiciones en las que su economía logró desarrollarse en un contexto de guerra, sin apoyarse en un Estado pero manteniendo vínculos vitales con países asentados en el orden internacional, como Dubai, Etiopía o Kenia. Estado pobre entre los pobres, Somalia sólo subsistió durante la Guerra Fría gracias a las ayudas soviéticas hasta 1977 y a las occidentales luego. Sin embargo, esta capacidad a sacar a concurso los dos campos no le permitió a la dictadura militar mantenerse en el poder después de su fracaso en la guerra del Ogadén a principios de 1978. La creciente popularidad de los movimientos armados de oposición en el norte y a continuación en el sur de Somalia a finales de los años 1980 reside en una serie de factores que no se han tenido suficientemente en cuenta: el subempleo exponencial en el medio urbano, el rápido hundimiento de la producción industrial después de la salida de los cooperantes técnicos del bloque del Este, así como la implosión económica, caracterizada por un masivo endeudamiento internacional - siendo Somalia el primer país africano sometido a un plan de ajuste estructural por el FMI. Las paradojas de
un Estado en quiebra Distintas compañías aéreas brindan, varias veces por semana, conexiones directas con los Emiratos Árabes Unidos, Yeddah, Yibuti, Nairobi, Sanaa y Addis Abeba. Hoy en día, en prácticamente cada ciudad pequeña e incluso en muchos pueblos se puede llamar por teléfono no sólo en Somalia, sino también en el mundo entero, por un precio completamente razonable en comparación con las tarifas existentes en el resto del continente africano (a menudo menos de un dólar el minuto). Los parientes que viven en Australia o en Canadá pueden hacer llegar dinero a Somalia en pocas horas, a semejanza de los hombres de negocio somalíes que pueden transferir a Dubai o Bangkok las sumas de dinero que les sean necesarias. Se puede transportar por exprés cualquier mercancía hasta el interior del país gracias a los múltiples vuelos de carga y a aeropuertos rústicos pero capaces de acoger a los viejos aviones de hélice de la antigua Aeroflot. Por último, radios FM emiten en Mogadiscio y en otras ciudades de la antigua colonia italiana; no se encuentran en Somalilandia (ex colonia británica), a pesar de que las autorice la Constitución, porque las autoridades de esta parte de Somalia se niegan a abandonar su monopolio sobre la información. Asimismo, el mercado somalí se extiende sobradamente fuera de las fronteras del país. De hecho, por sus puertos y aeropuertos están en tránsito bienes que vuelven a enviarse a los países vecinos. De este modo, la actividad portuaria esencial de Berbera y Kismayo está más dirigida a Etiopía y Kenia que al mercado interior. Se trata ante todo de productos alimentarios (azúcar, pero también arroz y pastas) y productos de primera necesidad (jabón, baterías, calzados, ropa usada, productos eléctricos). Obviamente, esta actividad de reexportación genera un sector de los servicios: hacen falta camiones para el transporte de los bienes, restaurantes y hoteles par los diversos actores, etc. Por añadidura, se puede disponer de todos los servicios básicos por poco que se tenga los recursos para tener acceso a ellos: existen escuelas primarias y secundarias en Mogadiscio, Bozazo, Hargeysa y en otros lugares, e incluso instituciones que se llaman universidades, pero cabe también mencionar los innumerables institutos de idiomas o informática, a menudo presentes hasta en las ciudades más pequeñas, o los cibercafés que prosperan por doquier desde el año 2004. Los hospitales escasean más y son de calidad discutible, pero para muchos la situación actual, aunque no sea satisfactoria, resulta mejor que en los últimos años de la dictadura del general Mohamed Siyad Barre (derrocado en 1991), durante los que los centros de salud eran públicos pero se veían afectados por una corrupción endémica y costosa. El mundo urbano somalí parece, por ende, estar muy alejado de los tópicos habituales de un país afectado por la guerra o sus consecuencias. Conviene no obstante matizar firmemente está descripción por lo que al mundo rural se refiere. ¿Una economía verdaderamente
liberal? El espinazo de dicho sistema es su capacidad a hacer llegar o salir fondos del país. La emigración de la mano de obra tuvo un impacto significativo en la economía somalí desde principios de los años 1970. Este fenómeno fue ampliamente superado por el del exilio político a partir de 1991. Debido a la fuerza de la parentela y del sentido clánico, las relaciones con el país de origen siguieron muy estrechas. Los nuevos emigrantes se asentaron mayoritariamente en sociedades occidentales y ayudaron económicamente, tanto o más que los de otras nacionalidades, a los familiares que se quedaron en el país. A principios de los años 2000, este movimiento generaba sin duda - las valoraciones difieren - cerca de 400 millones de dólares anuales. Este vínculo entre la diáspora y el país de origen es el fundamento de la nueva economía somalí: garantiza efectivamente la existencia de un grupo social capaz de consumir, como la clase media, y por lo tanto de estructurar una economía interna a partir del comercio, de la inversión territorial urbana y de la construcción. Mediante esta relación se garantiza también la disponibilidad potencial en capitales y en pericia que permite emprender nuevas actividades en Somalia, como la pequeña "expansión" industrial de la que Mogadiscio fue el escenario desde 1998 o los cibercafés con enlace por satélite desde principios de 2004. Los medios de comunicación disponibles desempeñaron asimismo un papel fundamental en el desarrollo de la economía somalí. Ésta se benefició de la acelerada revolución de las tecnologías de la información y de la comunicación en los países industrializados y, por consiguiente, de la rápida obsolescencia de los equipos que se podían comprar por un coste mínimo para utilizarlos en Somalia. Entre 1994 y 1997, las compañías telefónicas más importantes se establecieron en el país. Todavía siguen funcionando hoy en día. A esta primera revolución se sumó una transformación de menor importancia, pero sin embargo con efectos sustanciales: la desregulación global de los transportes aéreos y la descomposición de la Aeroflot permitieron a empresarios somalíes alquilar a precio barato en el Golfo viejos aviones de hélice de origen soviético que podían aterrizar en pistas de vuelo de tierra. Otra baza para el país fue la cercanía de Dubai, verdadera zona franca para Asia Sudoccidental. Desde mediados de los años 1980, Dubai desempeñó, con un éxito que no se desmintió desde entonces, el papel de ciudad depósito al ofrecer una gama creciente de bienes y servicios. Hasta los acontecimientos del 11 de septiembre de 2001, los Somalíes pagaban allí sus compras en efectivo, pese a los riesgos inherentes de blanqueo de dinero. Cuando no se dedicaban al contrabando con Irán o Irak (ambos países entonces bajo embargo), los Somalíes podían fletar pequeños veleros árabes para transportar mercancías hasta los puertos o las playas de su país. Y sobretodo, Dubai hacía gala de una verdadera liberalidad en la concesión de visados de tránsito, a la inversa de los socios comerciales tradicionales de Somalia antes de la guerra civil. La nueva economía somalí se benefició al igual de su entorno regional, Kenia y Etiopía. Cuando pretenden escoger un modelo económico liberal, dichos países mantienen en realidad barreras arancelarias muy elevadas, lo que convierte el contrabando en una actividad muy rentable para los Somalíes, que no pagan gravámenes a la importación. Con los años estas actividades de contrabando fueron unas veces refrenadas, sin parar de ser provechosas (en el caso de Somalilandia y Etiopía), otras veces radicalmente reorientadas para librarse de los controles aduaneros (Kenia), pero permanecieron fundamentales y permiten realizar economías de escala en productos específicos (azúcar, cemento, el sector textil, productos eléctricos). Por añadidura, a pesar de una partición del país - Somalilandia reivindica su independencia, Puntlandia hace rancho aparte, el Sur está dividido en zonas frágiles y en litigio - el mercado somalí siguió unificado: los comerciantes del centro de Somalia no dudan por otra parte en sacar a concurso los productos descargados en Berbera, Bozazo y Mogadiscio. Esta unidad proporciona una mayor flexibilidad a las actividades de reexportación e interviene en las economías de escala arriba mencionadas. La pertenencia a un clan o una facción (ya) no determina los comportamientos económicos… Así es como el talento innegable de los operadores somalíes no ha de hacernos olvidar los demás factores explicativos. Estos ponen de relieve la originalidad de dicha situación antes que su valor como ejemplo. Los límites del modelo
Efectivamente, ¿qué sucede con las grandes inversiones procedentes a menudo del Estado? Se observa que muy pocas infraestructuras nuevas se construyeron en Somalia: las pistas de vuelo y las carreteras se rehabilitaron gracias a la ayuda internacional y no a las reglas del mercado. La ausencia de un Estado reconocido a nivel internacional constituye una verdadera desventaja en muchos ámbitos. La imposibilidad de establecer un Banco Central limita, por ejemplo, notablemente el sector financiero necesario para una verdadera reconstrucción y conduce a la puesta en circulación de moneda fiduciaria impresa por personas privadas, tal y como ya ocurrió en repetidas ocasiones. La ausencia de un Estado obstaculiza también la creación de los mecanismos de regulación económica imprescindibles para el buen funcionamiento del mercado. Como ya lo recordaba Ricardo mucho antes que Marx: más que el libre mercado, prevalece el cartel; más que la productividad, el despilfarro. Por consiguiente, la compañías telefónicas sólo se interconectaron en mayo de 2004 en Mogadiscio y en septiembre de 2005 en Hargeysa: durante años, llamar por teléfono a su vecino costaba el precio de una comunicación internacional; esta situación conllevaba asimismo una duplicación de las inversiones telefónicas - cada compañía tenía que poner en pié sus instalaciones - y por ende un uso discutible de escasas divisas fuertes. La ausencia de control del Estado significa además que los productos de mala calidad o caducados (en particular los fármacos) se pueden vender en el mercado y destruir los términos de la competencia. Asimismo, nadie puede garantizar la validez del diploma de un docente, de un médico o de un administrador. En lo tocante al pasaporte somalí, tiene muy poco valor: en perjuicio de los pequeños comerciantes, las autoridades kenianas y emiratounidenses ya no lo aceptan como único documento de viaje. El mundo de los negocios se ha percatado paulatinamente de estos malos funcionamientos y de su necesaria resolución. Instaurar un Estado mínimo y funcional sería sin lugar a dudas una buena solución, pero esta opción carece en gran medida del asentimiento sincero de todos los operadores. Demasiados factores se oponen a ello: la historia del país, el comportamiento de las autoridades de Puntlandia y Somalilandia, sus propias tácticas para soslayar las reglas. Todo apunta que ese Estado permanecerá durante mucho tiempo fuera de alcance. |
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